LA VIDA DE LAS EMOCIONES

Dentro de la manósfera

Valeria Villa*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: larazondemexico

El documental Louis Theroux: Inside the Manosphere se acaba de estrenar en Netflix y constituye un material útil para pensar sobre las transformaciones de la masculinidad en la era digital. La manósfera es un síntoma cultural, una respuesta de ciertos hombres ante los cambios en los roles de género que ha traído el feminismo y otros movimientos que buscan incluir la diversidad en formas de ser, de entender la pareja, la sexualidad y que intentan alejarse de la lógica del amo y el esclavo como si fuera el único paradigma de relación.

La manósfera es un intento de regresión nostálgica a un mundo en el que los hombres mandaban y las mujeres obedecían, en el que era fundamental afirmarse heterosexual, como símbolo de poder y dominio. Podría pensarse en la manósfera como una respuesta defensiva a una herida narcisista, ante la caída de los ideales tradicionales del hombre proveedor, dominante, que determinaba unilateralmente la vida sexual de las mujeres. Cuando él quería, ella tenía que querer.

Estos ideales caducaron, dejando a muchos varones sin las referencias simbólicas sobre masculinidad que les daban seguridad y estabilidad. Como respuesta, aparecen discursos que prometen restaurar una supuesta esencia masculina perdida y que lucran con hombres que se han sentido humillados, abandonados, excluidos, que están muy solos, que han tenido poco éxito en sus relaciones amorosas y sexuales, y que necesitan una comunidad a la cual pertenecer.

Los sentimientos de humillación y vergüenza de estos hombres, al no ser procesados, se convierten en rabia y resentimiento.

Esta fantasía de restauración de la masculinidad se sostiene en identidades de caricatura. Imágenes de éxito, poder y control se ofrecen a los hombres solitarios y humillados, como lugares de identificación. El macho alfa, el millonario joven, el seductor infalible se convierten en figuras a las cuales aspirar.

Este fenómeno no puede separarse del contexto económico y digital. La falta de empleos y los salarios bajisimos, la competencia global y la erosión de comunidades tradicionales, como la familia o el grupo de amigos, producen sujetos cada vez más aislados. En este escenario, la manósfera ofrece pertenencia a través del odio compartido. El requisito para pertenecer es odiar, conservarse enojado y culpar a las mujeres de su soledad, sin reconocer que es el odio, la misoginia, la incapacidad para ver a las mujeres como iguales en dignidad y derechos, lo que ha alejado a muchas mujeres de sentir interés por ciertos hombres.

El documental también deja ver cómo estos discursos operan bajo una lógica de mercado. Influencers y gurús convierten la inseguridad masculina en capital económico: venden cursos, asesorías, membresías. La angustia se monetiza.

El odio y la misoginia son una mercancía que se vende bien.

Los líderes de la manósfera venden bien y en su exhibicionismo, le ganan la partida a otras propuestas de masculinidades más sanas, pero menos histriónicas y grandiosas.

La denigración de las mujeres y la reafirmación constante de superioridad funcionan como modos de sostener una identidad amenazada. Un elemento que muestra Louis Theroux es la dimensión de performance de estos sujetos, que no sólo enuncian ideas, sino que las escenifican constantemente en redes sociales.

El documental se centra en los productores de estos discursos y deja en segundo plano a quienes los consumen.

La manósfera es un sistema que ofrece una salida perversa a la vergüenza, que al no procesarse se convierte en podcasts para explicar por qué las mujeres son el problema y el enemigo a destruir.

Desmantelar la vergüenza requiere reconocerla, reflexionar sobre las narrativas que la alimentan, ser capaz de hablar sobre ella en espacios seguros y poder así encontrar alternativas humanizantes a la soledad, a las heridas, a la humillación y a la falta de comunidad.

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