EL ESPEJO

Bombardeados, pero la represión sigue en Irán

Leonardo Núñez González. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

Una de las ideas más engañosas sobre la guerra es pensar que lo suspende todo en la vida de un país. Desde lejos, los bombardeos parecen capaces de borrar la política interna, paralizar al Estado y convertir a cualquier gobierno en simple rehén del caos. Pero no suele ocurrir así. Los países siguen siendo lo que eran, incluso cuando les caen misiles encima.

Y en los regímenes autoritarios eso significa algo muy concreto: aunque haya guerra afuera, el aparato de control debe seguir funcionando adentro. Irán está mostrando justamente eso.

Mientras Estados Unidos e Israel golpean su territorio, la República Islámica no ha dejado de hacer lo que más le importa: vigilar, castigar y sembrar miedo entre los suyos.

En enero, Irán vivió las protestas más graves en décadas. La crisis económica, el derrumbe de la moneda y el hartazgo con el régimen teocrático encendieron una revuelta nacional. La respuesta fue brutal. Dependiendo la fuente, las muertes se contaban en cientos o en miles; la ONU y Amnistía Internacional sostienen que fueron varios miles de civiles asesinados, incluidos menores, y subrayan que la dimensión exacta sigue siendo difícil de establecer porque el régimen impuso un apagón casi total de comunicaciones justo cuando la represión se intensificó, el internet se fue justo cuando la represión arreció. No es un detalle técnico: es una forma de gobierno. Primero se mata; luego se apaga la luz para que nadie pueda contar bien a los muertos.

Por eso también importa tanto que, ya en plena guerra, el régimen iraní haya encontrado tiempo para ejecutar a tres hombres detenidos por aquellas protestas de enero. Entre ellos estaba Saleh Mohammadi, un joven deportista de apenas 19 años, presentado por distintas fuentes como un joven campeón de la lucha. El dato importa no sólo por su edad, sino por el tipo de mensaje que encierra: las bombas extranjeras no han alterado la prioridad central del sistema. El poder iraní entiende que su riesgo decisivo no está sólo en los aviones enemigos, sino en la posibilidad de perder el control de su sociedad. La amenaza existencial para un régimen así no son únicamente los daños militares, es la erosión de su capacidad de mandar, intimidar y castigar. Por eso, incluso bajo ataque, destinan tiempo, recursos y atención a recordar que la horca sigue funcionando.

El control de internet entra aquí como pieza central. La ONU documentó que desde el 8 de enero la conectividad en Irán cayó a casi 1% de su nivel normal. Amnistía Internacional denunció que el apagón buscaba ocultar violaciones graves a derechos humanos. Y ahora, en medio de la guerra, diversos medios reportan arrestos por supuesta colaboración con el enemigo y decomisos de dispositivos Starlink. El régimen no sólo quiere vencer militarmente o resistir: quiere administrar lo que los iraníes saben, ven y pueden decir. En un sistema así, la censura no es un accesorio. Es infraestructura de poder.

Esa es la normalidad bélica de los regímenes cerrados: pueden estar bombardeados, pero no están distraídos. Siguen en lo suyo. Y lo suyo, antes que ganar una batalla exterior, consiste en impedir que el frente interno descubra que también puede moverse. Porque hay Estados que, aun bajo fuego, no sueltan el garrote. Lo aprietan más.

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