FRONTERA DE PALABRAS

Jaime Sabines

Mauricio Leyva. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Mauricio Leyva. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.

Hoy escribo desde ese fondo donde la poesía dejó de ser un adorno y se convirtió en una herida. Y en ese fondo, inevitablemente, aparece un nombre: Jaime Sabines. Llegué a Sabines por accidente, o mejor dicho, por un “golpe de poesía”. Tenía poco más de veinte años cuando, en casa de mi abuela, tiré sin querer un libro de un viejo librero. Cayó abierto, como si supiera lo que hacía, en un poema que decía: “No es que muera de amor, muero de ti, amor, de amor de ti”. Ese instante fue una revelación. Porque en ese momento entendí que la poesía no era aquello que me habían enseñado a recitar los lunes en los homenajes a la Bandera. No eran las rimas acartonadas ni las odas en la boca de declamadores impostados. La poesía, descubrí, podía ser otra cosa: un animal vivo. Y Sabines era ese animal. Un animal lento, oscuro, a veces amargo, que no pedía permiso para entrar. Él era un poeta que escribía desde la calle, desde la cama, desde el cuerpo, desde la enfermedad, desde la desesperación. Un poeta que no buscaba embellecer la realidad, sino arrancarle la máscara. Por eso duele leerlo. Y por eso mismo es imposible dejar de hacerlo. Hablar de Jaime Sabines hoy, a cien años de su nacimiento, implica enfrentarse a una paradoja. Por un lado, es un autor profundamente popular, casi incorporado al habla cotidiana de millones. Por otro, sigue siendo incómodo para ciertos sectores que prefieren una poesía más “correcta”, más distante, menos visceral. Sabines nunca encajó del todo en el molde del poeta respetable. Y quizá ahí radica su grandeza.

Mientras otros construían prestigio desde la solemnidad, él decidió caminar. Literalmente caminar. Se convirtió en lo que él mismo encarnó: un poeta peatón que no escribía para las élites culturales, sino para sí mismo y para los otros. Para los que aman mal, para los que dudan, para los que buscan sin encontrar. Y entonces ocurrió algo extraordinario: la gente lo hizo suyo. Nos llamó “los amorosos” y con eso nos condenó —o nos salvó— para siempre. Porque después de leerlo, ya no se puede amar de la misma manera. Ya no se puede mirar la luna sin recordar que alguien nos enseñó a tomarla a cucharadas. Ya no se puede atravesar la noche sin escuchar, en algún rincón de la memoria, ese ruido de gatos bajo un cielo oscuro y apretado. Y, sin embargo, habrá quienes intenten reducirlo. Los que, desde una superioridad impostada, descalifican su obra. Los que olvidan que escribir con claridad puede ser mucho más difícil que esconderse detrás de la oscuridad. A esos habría que recordarles algo esencial: la poesía de Sabines no busca impresionar, busca tocar. Y lo logra. Y en ese punto aparece una de las preguntas más profundas que atraviesan su obra: la de Dios. “¿Qué busco?”, se pregunta. Y en esa pregunta cabemos todos. Y entonces admite: nunca lo ha encontrado. Esa honestidad es brutal. Y es en ese momento cuando uno entiende que la poesía no es un ejercicio decorativo, sino una forma de estar en el mundo. Por eso escribir sobre él implica un riesgo: el de quedarse corto. El de no hacerle justicia. El de intentar encerrar en palabras algo que, precisamente, se caracteriza por desbordarlas. Quizá se trata, simplemente, de decir: aquí está. Sigue aquí. Y vale la pena volver él.

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