Independientemente de lo que haya pasado ayer sobre la aprobación o no del Plan B, sigue pendiente un debate nacional sobre la democracia y la representatividad.
Las grandes reformas en la materia han tenido como objetivo colocar al ciudadano en el centro, como parte de la representatividad y la gobernabilidad. Si no se ha logrado se debe a que con la democracia estamos siempre bajo el ensayo y error teniendo a cada elección como parte de un proceso de enseñanza-aprendizaje.
Las reformas han partido fundamentalmente de la oposición. La razón va más allá de sus derrotas. Tiene que ver con que es a partir de ellas en que se aprecian de mejor manera los errores técnicos que pudiera tener un proceso electoral.

“Trazas de hidrocarburos, trazaaas”
Estamos en medio de un escenario inédito porque la reforma parte desde el poder y desde quienes resultaron ganadores en las elecciones. Por más que la oposición sigue en medio del tsunami, representa un sector de la población, un poco menos del 50% votó por ella en 2024.
Que no esté siendo un actor importante en la vida del país no significa que no exista y no tenga representatividad. Escenarios similares se presentaron en otros procesos electorales y, como fuera, no le quedó de otra al PAN y PRI que atender lo que en aquel entonces era la oposición. Que lo hayan hecho por conveniencia es parte de la historia, pero también lo hicieron porque la construcción democrática no puede concentrarse en un solo partido ni en una sola forma de ver las cosas.
Se han ido sumando las críticas al nuevo modelo de país. Una de las razones tiene que ver con que todas las reformas apuntan al control y a la concentración del poder, más que a la diversificación y pluralidad de la vida política.
La Presidenta no quiere dialogar con la oposición, porque dice que para ello está el Congreso. Sin embargo, el Congreso está siendo el elemento para la instrumentación del nuevo régimen, más que para la búsqueda del diálogo, de los consensos y, sobre todo, para escuchar las opiniones de un sector político que no se le puede soslayar, tiene una representación real.
La reforma electoral y el Plan B están siendo la suma de todo esto. La batalla real es al interior de la alianza. Las cosas pasan por posiciones políticas más que por un debate sobre la democracia, los procesos electorales, la pluralidad y la representatividad.
Si el gobierno se asume como único representante del “pueblo” poco o nada le importan las opiniones de otros. No es casual que la Presidenta insista en que los que no voten por la reforma electoral, y ahora del Plan B, serán señalados por el pueblo.
Por un lado, plantea que se vale disentir, pero, por el otro, lanza el serán señalados, lo cual viene siendo una acusación por un acto de traición.
Lo que menos se ha discutido estos meses, es cómo concebir una democracia moderna que permita una participación colectiva bajo el respeto de las diferencias. La impresión es que más bien estamos en la búsqueda de la concentración del poder.
No es casual que el PT haya planteado que los proyectos de reforma y el plan pudieran eventualmente llevar a un régimen de partido único.
Lo que debiera estar en el centro es cómo organizarnos en el presente-futuro. Es un tema del mundo. Las experiencias en diferentes países no están resolviendo esta encrucijada, como en otro tiempo sí sucedió con algunos proyectos de democracia.
El país está urgido de un debate sobre la pluralidad, representatividad, las elecciones y las consultas, que es al final lo que engloba la democracia.
Estamos en un juego de vencidas, más que en un debate sobre el destino del país.
RESQUICIOS.
De repente se acordaron de los mexicanos perseguidos, detenidos y muertos por las políticas de Trump. El país se la ha pasado siendo un dique para los migrantes a petición expresa de EU. Los consulados han hecho mucho con lo poco que tienen. Los migrantes son un tema fundamental, deben ser parte de la narrativa cotidiana no del de repente.

