En Contra el sacrificio, (Paradiso Editores, 2026), Massimo Recalcati propone una lectura crítica de una de las ideas más arraigadas en la cultura occidental cristiana, que es la creencia de que el sentido existencial, el amor y la realización personal pasan necesariamente por el sacrificio.
Recalcati se enfoca en el lado kantiano, hipermoral, masoquista y sacrificial del superyó. Explica el concepto de “fantasma sacrificial”, como la elección del sacrificio para asegurarse la propia salvación. Esta elección va más allá del hombre religioso. La vida del neurótico parece consagrada a la pasión del sacrificio, vivir en inhibición e impotencia para satisfacer la demanda del Otro, sacrificando el propio deseo. El sacrificio como finalidad existencial se sostiene en una ley despiadada, severa, terrorista y sádica, que juzga y castiga a un sujeto que siempre es considerado culpable. El sacrificio es un modo masoquista de goce.
Freud hablaba de un sacrificio simbólico al afirmar que para humanizarse, es necesario renunciar a la satisfacción pulsional impuesta por el programa de la civilización (la prohibición del incesto y la exogamia otorgan la posibilidad de la vida en común). La pulsión, a diferencia del instinto animal, no puede ser una brújula infalible. La invención del inconsciente ha revelado un exceso vital que no acepta adaptarse pasivamente al principio de realidad, custodiado por la moral tradicional. Freud ha criticado el principio cristiano del amor al prójimo, porque no toma en cuenta el impulso anárquico del ser humano a buscar su propia satisfacción y a defender sus intereses narcisistas.
En el fantasma sacrificial se impone el sacrificio como resultado masoquista de la acción sádica de la Ley. Es la esencia moral del masoquismo que Freud identificó. Se trata de un narcisismo de muerte.
Nietzsche quiso representar el fantasma sacrificial en la figura del camello, un animal esclavizado, humillado, totalmente sometido a la voluntad de su amo. Su vida se ve aplastada por cargas abrumadoras y ha de obedecer, servir, darse por vencido, ser paciente, sacrificarse. El camello es como el hombre kantiano, sometido al deber por el deber, pero también el hombre patológicamente religioso que sólo experimenta la ley en su versión sacrificial.
El masoquista se convierte en la figura más radical del hombre moral, actuando contra sí mismo, saboteando continuamente su propio deseo. Su odio se lanza contra quienes saben disfrutar de la vida, que saben asumir plenamente la fuerza de su deseo. Es la mirada sombría, envidiosa y negativa del hombre del resentimiento.
En lugar de servir a la causa de los demás, el sacrificio sirve para sustentar una imagen narcisista de sí mismo. Sacrificarse, anularse, optar por la propia aniquilación, significa incrementar ilimitadamente el crédito personal con el Otro, esperando la compensación final. En lugar de deber, ahora todos le deben.
En el trabajo psicoanalítico se trata de desarticular el fantasma sacrificial para conducir al sujeto ante la responsabilidad de asumir la verdad de su propio deseo. Actuar conforme a la ley del deseo, cuya manifestación más clara es la vocación, una tendencia, una inclinación, un camino propio. No se trata de la voluntad del capricho, sino de aquellas decisiones en las que se juega el propio ser.
La traición a la ley del deseo cuesta síntomas, depresión, extinción de la vida y del deseo mismo.
El mandato idealizado de dar todo por el otro, especialmente en el amor y la parentalidad, lejos de ser ético, es destructivo. En las relaciones amorosas el sacrificio excesivo no fortalece el vínculo y convierte al otro en un objeto de necesidad más que de deseo. En el ámbito de la paternidad y la maternidad, la figura del progenitor sacrificado que vive exclusivamente para sus hijos, es una posición aparentemente generosa, que carga al hijo con la deuda de tener que justificar el sacrificio del otro. En lugar de favorecer la autonomía, este modelo produce culpa y dependencia. Frente a esto, Recalcati propone una ética del deseo: los padres no deben renunciar a su vida, sino mostrar que es posible desear más allá del hijo, transmitiendo así una relación vital con el mundo. Recalcati propone una forma de vida donde el deseo no sea culpable y donde el sujeto pueda existir sin tener que desaparecer para el Otro.