Raúl Orvañanos supo desde pequeño que su vida iba estar ligada al futbol. Lo vivió en su familia con sus tíos, abuelo y padre, pero entendió pronto que iba por su propia cuenta.
También sabía que en su entorno de amigas y amigos el que se dedicara al futbol no era la mejor de las formas de socializar. Orvañanos se iba a dedicar a un juego que en aquellos años calificaban como de “peladitos”.
Lejos estaba el futbol de adquirir el glamur de este siglo. Quien se dedicaba al juego en los 50, 60, y cierta etapa de los 70, sabía que el futbol se identificaba con los sectores populares y que la mayoría de los futbolistas de ahí venían.
Orvañanos corrió el riesgo. Con todo y el apoyo que podría tener en casa, una cosa era el ambiente familiar y otra meterse a los entrenamientos y batallar por la titularidad de la portería. Tuvo la gran virtud de la constancia, la cual a la fecha es parte de su forma de ser.
Es del Atlante porque fue el lugar en donde le abrieron la puerta para permitirle jugar, no para permitirle estar y porque ahí encontró una especie de segundo hogar. Hizo grandes amigos que no solamente eran cómplices fuera de la cancha, dentro de ella se estableció una unión que fortaleció al equipo en épocas en donde el futbol iba creciendo hacia al pleno profesionalismo en medio de la hegemonía del Guadalajara.
Enfrentar a las Chivas de aquellos años era al mismo tiempo un momento que el futbolista quería congelar para llevárselo para siempre, pero también era el momento para demostrarse y demostrar de lo que Orvañanos estaba hecho.
Raúl tuvo momentos mágicos. El mítico partido contra el Santos de Pelé va más allá de la anécdota. El 10 del Santos estaba en un momento formidable.
El partido fue parejo, y si no pasaron más cosas fue porque Orvañanos tuvo una de esas actuaciones que se convierten en inolvidables, pero también en recuerdos sobre la función de un portero ante el mejor jugador, creemos, de todos los tiempos.
Quizá en la evocación de ese momento, recordó la frase del entrenador que lo mandó a la portería y le dijo “tú quédate ahí”. Lo que vino después fueron forcejeos los cuales no iba a aceptar. Pasó por diferentes equipos, hasta que entendió que esta etapa de su vida había llegado a su fin.
Orvañanos aprendió rápido cómo debería ser lo siguiente. Paso por la publicidad, casi que de noche sin saber lo que se le venía. Entró a la televisión y se convirtió en un personaje que además de saber ver el juego, lo sentía. Eran tiempos en que la televisión era un monopolio feroz que tuvo que enfrentar una de las opciones televisivas más interesantes en mucho tiempo, Imevisión.
Apareció la competencia. La opción deportiva de la televisión estatal se convirtió en una alternativa real para millones de televidentes. Raúl fue una pieza fundamental en ello. Con sus aportaciones el futbol adquirió para los aficionados un sentido y estilo diferentes.
Orvañanos tomó una sensata decisión a la que se le aplica aquello de pregúntenme por lo que sé, pero sobre todo pregúntenme por lo que he visto.
Ha publicado un entrañable libro sobre su paso en el futbol, y en el camino también por su vida. Tiene una divertida y atractiva introducción de Juan Villoro, quien es quizás uno de los personajes que entiende de mejor manera el fenómeno del futbol en lo político, social y cultural.
Raúl nos cuenta parte de su vida, pero sobre todo nos invita a entender lo que significa el futbol no sólo para él, sino para el aficionado. A lo largo de años entendió que el futbol era muchas cosas al mismo tiempo, las ha entendido y nos las cuenta.
Lejos están los días en que sus amigos fuera del futbol veían el juego como de “peladitos”. Muchos de ellos ahora presumen su relación con Raúl porque recuerdan que tiene la virtud de entender sus tiempos y de ser un extraordinario personaje y mejor amigo.
Raúl Orvañanos.
Mi vida es el futbol. De la portería al micrófono: recuerdos de toda una época.
Editorial Aguilar.