EL ESPEJO

Autocracia electoral

Leonardo Núñez González. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Leonardo Núñez González. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

De acuerdo con el más reciente reporte de V-Dem —un proyecto académico internacional que reúne a miles de especialistas y produce una de las mejores bases de datos para medir la democracia desde 1789, coordinado desde la Universidad de Gotemburgo, Suecia—, México ya no está catalogado como una democracia, sino como autocracia electoral.

En términos simples, una autocracia electoral sucede ahí donde todavía hay elecciones y boletas, pero donde las condiciones para competir, vigilar al poder y ejercer libertades se han degradado tanto que el régimen deja de merecer el nombre de democracia plena.

Se ha dado un debate sobre si la forma de medición es correcta, pero no importa si estamos un punto arriba o abajo de una raya estadística, sino la dirección del viaje, pues México y la mayoría de países vienen experimentado una caída en la calidad de sus democracias desde hace ya varios años y este no es la primera métrica en registrarlo. Los índices pueden y deben debatirse, pero cuando varios instrumentos empiezan a registrar la misma caída, la discusión seria deja de ser semántica, se vuelve política. El reporte de V-Dem se suma a los hallazgos en el mismo sentido del Proyecto de Justicia Global (WJP), Freedom House, Transparencia Internacional, el Estado Global de la Democracia de Fundación IDEA, el Índice de Democracia de The Economist y muchos más.

Lo importante, además, es que México no aparece solo. En la tabla de regímenes de V-Dem compartimos vecindad con países que conservan rituales electorales, pero donde el terreno se ha ido inclinando a favor del poder: Rusia, India, Hungría, Nicaragua, Filipinas, Serbia, Indonesia, El Salvador o Turquía ayudan a entender el tipo de problema del que estamos hablando.

No son dictaduras cerradas al estilo clásico. Son sistemas que todavía necesitan elecciones, pero cada vez menos democracia. Ese es, de hecho, el signo de época. Las autocracias contemporáneas no siempre irrumpen con tanques. Llegan con urnas. Mantienen congresos, tribunales y autoridades electorales, pero los van vaciando por dentro. El reporte de V-Dem dice que el mundo cerró 2025 con 92 autocracias y 87 democracias, y que 74 por ciento de la población mundial vive ya bajo regímenes autocráticos, con niveles de democracia similares a los de 1978.

Por eso llamar a las cosas por su nombre importa tanto. Porque el principal talento de una autocracia electoral consiste en negar que lo es. Se presenta como democracia popular, como mayoría incontestable del pueblo, como mandato histórico. Y como las elecciones no desaparecen, hasta pueden ufanarse de ser paladines de la democracia. Pero la literatura comparada lleva años advirtiendo que el autoritarismo del siglo XXI no suele cancelar las votaciones: las vuelve desiguales; no clausura de un golpe el espacio cívico: lo va estrechando; no elimina de un plumazo a la sociedad civil y los contrapesos: los subordina, los coloniza o los desacredita hasta volverlos decorativos.

Podemos seguir discutiendo si la etiqueta exacta gusta o no gusta. Lo que ya no se puede hacer, sin mala fe o ceguera, es fingir que la tendencia no existe. Los indicadores internacionales apenas están poniéndose al día con una realidad que muchos estudiosos del retroceso democrático habían visto venir desde hace tiempo. La pregunta de fondo no es cómo nos defendemos de una palabra incómoda. La pregunta es cómo los ciudadanos del mundo evitamos acostumbrarnos a regímenes que siguen pareciendo democracias justo porque todavía conservan su disfraz.

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