Según cuentan los Evangelios, Jesucristo fue recibido en Jerusalén por una multitud que agitaban ramas de palma para darle la bienvenida. Durante siglos, los cristianos hemos celebrado el Domingo de Ramos para marcar el comienzo de la Semana Santa. La procesión y la misa se llevan a cabo en todos los sitios del mundo en donde hay creyentes y, por supuesto, de manera muy especial, en Jerusalén.
El pasado domingo 29 de marzo de 2026, no hubo procesión y no hubo misa en la Iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén. No fue porque los cristianos jerosolimitanos hubieran decidido no hacer la procesión y no celebrar la misa. Ellos tenían toda la intención de continuar con esa tradición milenaria. Fueron las autoridades las que se los impidieron.
El argumento aducido fue que, debido a la guerra, no había condiciones de seguridad para llevar a cabo la celebración. El mismo razonamiento se dio para prohibir reuniones religiosas en la Mezquita de Al Aqsa y en el Muro de las Lamentaciones.

› Y tras el abucheo, tiro
La medida tomada por el Estado de Israel puede describirse como un estado de excepción. En esa circunstancia, los derechos concedidos por las leyes son suspendidos por considerarse que hay circunstancias extraordinarias que impiden su cumplimiento. De esa manera, el estado de guerra justifica que un derecho, que había sido reconocido, se ponga en suspenso por, lo que se considera, causas de fuerza mayor.
Desde que se creó el Estado de Israel, por un acuerdo de las Naciones Unidas en 1947, ha sido raro el día en que haya habido paz en la zona.
Es una terrible desgracia. Sin embargo, nunca antes las autoridades israelitas habían prohibido la celebración de la Semana Santa en Jerusalén. Este hecho inédito lo denunció el Patriarca Latino de Jerusalén, que dijo que algo así no había sucedido desde hace siglos y que la decisión de las autoridades había sido “claramente irrazonable y gravemente desproporcionada”.
La medida tomada por el Gobierno de Israel fue condenada por varios mandatarios, como la presidenta de Italia, que la calificó como “una ofensa no sólo para los creyentes, sino para toda la comunidad que reconoce la libertad religiosa”. Los presidentes de Francia y España también condenaron la prohibición.
Hay que señalar que las fuerzas armadas israelitas llegaron al extremo de impedir el paso del cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, y de cuatro personas hacia la iglesia del Santo Sepulcro, cuando las autoridades habían dado permiso a reuniones que no excedieran las cincuenta personas. Ese dato fue enfatizado por el embajador de Estados Unidos, Mike Huckabee, que lo calificó como “difícil de comprender o justificar”.
El estado de excepción tiene un riesgo —señalado por el filósofo Giorgio Agamben— y es que se puede prolongar indefinidamente. Si hoy se le da legitimidad, no habrá manera de oponerse a él mañana.

