Javier Milei, presidente de Argentina, es sin duda un personaje polémico y controvertido. Su llegada a la Casa Rosada estuvo acompañada de espectáculo, propuestas radicales y discursos grandilocuentes.
Su famosa motosierra prometía recortar los gastos superfluos, acabar con la casta privilegiada y reactivar la economía en un país que llevaba décadas sumido en una crisis económica provocada en buena medida por la inmensa corrupción del gobierno. Las expectativas eran muy altas.
A tres años del inicio de su mandato Milei sabe que tiene que equilibrar dos realidades bastante esquivas: los datos duros de la economía y la percepción subjetiva de la opinión pública. Así, los datos oficiales del gobierno pintan un escenario halagüeño: la economía ha crecido por casi 2.0 por ciento mientras que la pobreza cayó 13.5 por ciento. Sin embargo, los índices de aprobación del accionar del gobierno en todas las encuestas van en caída libre.

Ahí está el detalle
Sin llegar a representar un problema inmediato para Milei, que aún cuenta con el apoyo de más de un tercio de la población, esta disparidad en los números es notoria y representa una llamada de atención para el gobierno. Si bien es cierto que la economía se ha reactivado en ciertos sectores y que, en términos generales, la medición de la pobreza, considerando ingreso y canasta básica, muestra un avance, la percepción de la población indica que estos cambios no han llegado al bolsillo de las personas. La microeconomía se está quedando atrás al no contrarrestar el desempleo, la inflación y la falta de capacidad de consumo real en los ciudadanos.
Javier Milei, al menos en este punto, no les ha mentido a los argentinos. Él nunca apuntó a la mejora inmediata en la economía de los hogares. Su meta era la macroeconomía. Así, los promedios en los indicadores económicos pueden mejorar sin que esto implique un aumento en la calidad de vida de la población. El salario, por ejemplo, puede subir mientras que el coste de la vida aumenta por el efecto de los recortes en los subsidios a la educación y la salud.
Reparar la economía argentina no es tarea fácil. Milei lo sabe y nunca endulzó el trabajo y sufrimiento que tendría por delante el pueblo argentino. Sin embargo, lo que sí prometió fue acabar con los privilegios y la corrupción. Un error que no puede permitirse el presidente es el de que sus políticas económicas creen ganadores y perdedores que perpetúen el compadrazgo y los negocios turbios.
Los actuales escándalos de corrupción de su gabinete deben terminar si él pretende conservar su credibilidad y tener tiempo para que sus reformas económicas puedan mejorar, poco a poco, la vida diaria de su pueblo. Es hora de que Javier Milei demuestre que es un estadista y no un mero payaso armado con una motosierra.

