Después de más de un mes de una guerra que involucró directamente a nueve países, con cientos de muertos y miles de bombas, drones y misiles que paralizaron una región entera y amenazaron con sumergir al mundo en una crisis económica, Estados Unidos e Irán pactaron esta semana un cese al fuego de dos semanas para intentar alcanzar un acuerdo que ponga fin al conflicto.
Para hacer un balance estratégico de los resultados, hasta el momento, es necesario entender primero cuáles eran las metas. La guerra en Irán, a diferencia de las guerras en Afganistán o en Gaza después del 7 de octubre, fue una guerra de elección. Es decir, tanto Donald Trump como Benjamin Netanyahu decidieron iniciar el conflicto con objetivos estratégicos claros en mente.
Esta semana, un reportaje de The New York Times reveló el detrás de cámaras y la manera en que se gestó esta guerra. A partir de esa información, junto con las declaraciones públicas de ambos líderes y el trabajo periodístico disponible, se puede inferir que Washington y Jerusalén tenían cuatro objetivos principales: destruir al ejército iraní y su programa balístico para desmantelar la red de grupos armados y paramilitares que Irán ha construido en la región; impedir definitivamente el avance de Irán hacia una bomba nuclear; eliminar a su líder, Ali Jameneí; y, como resultado de todo lo anterior, provocar una sublevación popular o rebeliones internas que derivaran en un cambio de régimen.
Ya sea porque realmente consideraba estos objetivos alcanzables según la evaluación de la inteligencia israelí, o porque intentaba convencer a Trump ofreciéndole la posibilidad de una victoria contundente que transformara la región, Netanyahu fue a la guerra con estas metas en mente. En el caso de Trump, la situación es menos clara: las evaluaciones de inteligencia estadounidenses señalaban desde el inicio que, más allá de debilitar al liderazgo y la capacidad militar iraní, era poco probable que el conflicto derivara en un cambio de régimen.
Sin embargo, el presidente Trump confía sólo en sus instintos y es posible que la victoria rápida que tuvo en Venezuela le hiciera pensar que él, y no la CIA o el ejército, tenía la razón.
La guerra tomó un rumbo inesperado desde los primeros días. A pesar de la intensidad de los bombardeos y del éxito inicial en eliminar a parte del liderazgo militar, político y de inteligencia iraní, el régimen resistió. No sólo eso: en contra de los pronósticos de Netanyahu, Irán respondió ampliando el conflicto, atacando infraestructuras civiles y energéticas en el Golfo y consolidando el control sobre el estrecho de Ormuz (hasta entonces bajo supervisión internacional), lo que contribuyó a desencadenar una crisis energética global.
Aún está por verse cuál será el acuerdo final entre Estados Unidos e Irán. Sin embargo, hasta ahora, es evidente que la mayoría de los objetivos de la guerra no se han cumplido. El programa de misiles iraní sigue en pie; su ejército ha sido debilitado, pero es capaz de recomponerse; el uranio enriquecido permanece en territorio iraní; y, pese a la muerte de su líder —que además tenía 86 años y padecía cáncer—, el régimen no sólo no colapsó, sino que salió fortalecido.
Lejos de caer, el régimen iraní logró sobrevivir al ataque de la mayor potencia del mundo, contener la presión interna y reposicionarse regionalmente. Hoy, no sólo exige cambios en las reglas del juego energético, sino que también ha demostrado su capacidad de infligir daños significativos, recuperando el poder de disuasión que había perdido en los últimos años.