MARCAJE PERSONAL

Julio Scherer García, aquellos años

Julián Andrade*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: larazondemexico

Julio Scherer García cumpliría 100 años. Un siglo que permite reflexionar sobre el periodismo mexicano y sus vicisitudes.

Dirigió Excélsior, desde donde cambió rutinas y procuró hacer periodismo y permitir la opinión de una gran baraja de intelectuales, entre ellos Octavio Paz, Daniel Cosío Villegas, Rosario Castellanos y Ricardo Garibay, por mencionar sólo algunos.

Tuvo, con él, a grandes colaboradores que escribieron y escriben páginas importantes en esta historia: Manuel Becerra Acosta, Vicente Leñero y Miguel Ángel Granados Chapa. Pero lo que era virtud, el ejercicio de la libertad de expresión, se convirtió en problema, y el presidente Luis Echeverría Álvarez maquinó toda una estrategia con el objetivo de expulsar a Scherer García de la dirección editorial. Lo logró, pero fue una victoria pírrica.

La salida de Scherer García del edificio de Reforma 18 fue telúrica y movió los cimientos del periodismo; provocó reacciones que al final del día resultaron positivas porque surgieron Proceso, el Unomásuno, que, con el tiempo, propiciaría también el nacimiento de La Jornada y, por supuesto, la revista Vuelta.

Echeverría Álvarez quiso silenciar al periodismo crítico, pero logró lo contrario, porque desde la propia sociedad estaban transformándose las cosas y se generaban los alicientes que darían paso a la democratización del país.

Es curioso cómo el delirio del mandatario desató una reacción en cadena, contraria, por fortuna, a sus anhelos. Toda una enseñanza.

Pero aquellos años también marcaron las líneas, aunque de modo difuso, en la relación de la prensa con el poder, indispensable pero difícil.

Si algo define a Scherer García, el reportero, es esa necesidad de develar los secretos en la cúspide de los gobiernos, de informar para entender.

Quizá una de las lecciones más importantes que provienen de su biografía periodística sea la de la resistencia, la terquedad que sólo tienen los periodistas de raza, los que se indignan ante los excesos de los poderosos, los que ponen el ojo en los asuntos de interés público, ésos que las burocracias quisieran mantener ocultos, lejos de los escrutinios.

Porque, en efecto, las libertades se conquistan día con día, no llegan y quedan para siempre, sino que se alimentan, justamente, de su uso.

Quizá por ello, para varias generaciones de periodistas, Scherer García representó un modelo, una referencia anclada, es verdad, a cierto romanticismo.

Los años sesenta y setenta del siglo pasado son desde los que se desarrolló ese mito fundacional sobre el periodismo mexicano: los periodistas enfrentados con el poder.

Como en todo, hay matices, y son muchos, porque las afluentes del buen periodismo son diversas, con temperamentos y apuestas que no siempre convergen.

Visto a la distancia, Scherer García tiene un significado que hay que ponderar, porque indica que este oficio, en riesgo por múltiples factores, siempre tiene esperanza, sobre todo si no renuncia a lo más importante: contarle historias a la gente, sobre lo que le preocupa a la gente.

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