Después de 16 años en el poder, el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, fue derrotado en las urnas. No se trata de un hecho menor, pues Orbán fue uno de los primeros casos de éxito del discurso populista en el mundo y una de las muestras de cómo podía demolerse a una democracia desde dentro.
Durante demasiado tiempo Orbán parecía invencible. Había ganado cuatro elecciones seguidas, había rediseñado las reglas del juego y había desfigurado tanto el sistema político húngaro que el Parlamento Europeo ya lo señalaba como un régimen hibrido de autocracia electoral.
Viktor Orbán fue durante años el político nacionalista más exitoso de Europa. Empezó en los 90 como un joven anticomunista, incluso liberal, pero entendió pronto que el miedo, el agravio y el discurso nacionalista daban más votos que la moderación. En 2010 regresó al poder en medio del enojo social por la crisis económica y desde ahí construyó un discurso simple: la nación estaba amenazada por élites rapaces, migrantes, burócratas de la Unión Europea, activistas, sociedad civil, universidades críticas y cualquier institución que limitara la voluntad del líder elegido por “el pueblo verdadero”. Sólo él era el pueblo.
Desde ahí empezó la demolición. Orbán aprovechó su mayoría para reescribir la Constitución, recortar contrapesos, colonizar tribunales y organismos autónomos y colocar a sus leales en puestos clave. También cambió la ley electoral para ampliar la ventaja del partido gobernante.
No necesitó cancelar las elecciones. Le bastó con inclinarlas a su favor. El mismo método se extendió a la conversación pública. La mayor parte de los medios de comunicación quedó en manos de empresarios cercanos al poder o bajo presión política. La propaganda oficial convirtió cada elección en un plebiscito en el que la máquina de propaganda podía echarse a todo vapor: patria o traición, orden o caos, seguridad o guerra. Así se fabricó una realidad donde el gobierno siempre tenía a un enemigo a quién culpar y un espacio para capturar. No en balde Viktor Orbán se entendió con políticos como Donald Trump o Vladimir Putin.
El régimen también vio un enemigo en las universidades. La Universidad Centroeuropea, una de las más prestigiosas de la región, fue acosada con cambios legales hasta forzar su salida del país. Después vino la toma del resto del sistema y las universidades públicas fueron transferidas a fundaciones controladas por amigos cercanos a Orbán. Ese sistema también produjo una amplía red de privilegios y poder. Amigos, familiares y empresarios cercanos prosperaron alrededor del Estado recibiendo contratos y puestos. Hungría terminó convertida en el país peor evaluado de la Unión Europea en corrupción, mientras la economía perdía dinamismo y el hartazgo crecía.
La derrota de Orbán no anuncia un giro de 180 grados. El ganador de las elecciones, Péter Magyar, proviene del mismo partido que ahora derrotó. No encarna una ruptura ideológica total y sería ingenuo esperar que cada política cambie de un día para otro. Pero eso vuelve más importante la lección. Incluso un régimen que parecía haber cerrado todas las salidas puede resquebrajarse cuando la corrupción se vuelve demasiado visible, la economía deja de alcanzar y el discurso se desgasta. El populismo siempre trabaja para parecer irreversible. A veces tarda años en construir esa apariencia, pero a veces también puede caer en una sola elección.