De vez en cuando aparece por ahí una joya cinematográfica, que nadie ha visto o en su defecto que muy poca gente vio. Una de esas películas que pasan desapercibidas, pero que si uno las descubre, encuentra un diamante en bruto. La sombra del vampiro (E. Elias Merhige, 2000) es una de esas cintas.
Misteriosa, contundente, visualmente hermosa, inherente a una fantasía pícara y de un deleitable y macabro sentido del humor, La sombra del vampiro acoge un mito emblemático de la historia del cine y lo transporta a dimensiones imprevisibles.
En 1922, el legendario director alemán F.W. Murnau (Bielefeld, 1888) impactó al mundo con su filme, Nosferatu: Una sinfonía del terror. La historia de un sanguinario vampiro que se obsesiona con una mujer, la reencarnación de aquella que fue el amor de su vida cuando era un conde celebrado —antes de que atentara en contra de Dios y la Iglesia, convirtiéndose en un muerto viviente—.
Ésta es la premisa de Drácula (Bram Stoker, 1897). Cuando la viuda de Bram Stoker no le cedió los derechos a F.W. Murnau para su propia adaptación cinematográfica, el visionario cineasta decidió hacer su propia versión, titulada Nosferatu. Una de las obras maestras del expresionismo alemán en el cine y del mito de los vampiros.
La historia presupone una alegoría maravillosa… Murnau (John Malkovich) ambicionaba a tal grado hacer la película más realista sobre vampiros de la historia que contrató a un auténtico vampiro llamado Max Shreck (Willem Dafoe). Esto, claro, sin informarle a nadie de su equipo creativo ni a sus actores. El resultado es una mezcla bárbara de admiración, paranoia, terror y cuestionamientos filosóficos sobre lo que es el arte, la actuación en el cine y el teatro, y hasta dónde está dispuesto a llegar un genio por cumplir sus obsesiones.
Las actuaciones de Malkovich (mejor que nunca), Dafoe (espectacular) y el resto del reparto son un deleite absoluto. La fotografía de Lou Bogue es una carta de amor a la imaginaria del claroscuro y del expresionismo. El diseño de producción de Assheton Gorton traduce en espacio y relieve el mundo conjeturado en la lente de la cámara y en la realidad que absorbe a los sujetos de la trama. La música original de Dan Jones acentúa todas las grandes ideas y emociones de la cinta con un tour de force instrumental que trasciende los sentidos.
La dirección de E. Elias Merhige envuelve de manera consumada todas las voces del conjunto cinematográfico que responden efusivamente a su visión. El guion de Steven Katz es innovador y deslumbrante.
La sombra del vampiro, supongo, no tuvo una recepción bondadosa por su versatilidad en tono y en narrativa, es simultáneamente un drama escénico, una pieza de horror y una comedia existencialista.
Se tiene que ver por su ambición artística y su rebeldía a la forma. Uno de los diálogos de la escena climática, dicho por Malkovich, ilustra la genialidad de la película: “Lo que no aparece en el encuadre no existe”.
El filme está disponible en YouTube.