Alejandro Arras tuvo la buena idea de hacer una antología de algunos de los textos que aparecieron en la legendaria colección La máquina de escribir, editada con notable olfato y admirable generosidad por Federico Campbell. La colección completa de estos libritos, casi fascículos, es ahora un tesoro bibliográfico. No se encuentra en cualquier lado. Entre los autores que publicaron en ella, cuando eran jóvenes casi desconocidos, podemos mencionar a algunos de los nombres más destacados de la literatura mexicana de finales del siglo anterior y de lo que va de éste.
Se cuenta que Campbell pagaba la publicación de cada uno de los libritos de su propio bolsillo. Y no porque fuera rico, vivía estrechamente de su sueldo, sino porque creía en el proyecto, creía en la literatura mexicana, sobre todo, la de los más jóvenes. Tengo la impresión de que, hoy en día, los escritores se han vuelto más capitalistas, no sólo los que ganan mucho dinero, sino incluso los que ganan poco, que también cuentan sus pesos con codicia. Pero no se tome este comentario como un juicio negativo, sino sólo como una observación apresurada.
Arras publicó esta selección en su editorial Ediciones Piedra del Río, que tiene una vocación muy semejante a la colección de La máquina de escribir. En un mundo editorial dominado por grandes compañías trasnacionales, una editorial pequeña, casi casera, preserva la dignidad del libro que no aspira a convertirse en éxito de ventas, sino a cultivar la literatura más personal, más verdadera, el secreto revelado de la creación humana.

Un aluvión contra Piedra
Los autores seleccionados por Arras publicaron en la colección de Campbell entre 1978 y 1980 y son David Huerta, Evodio Escalante, Adolfo Castañón, Coral Bracho, Ricardo Yáñez, Juan Villoro, Carmen Boullosa, Carlos Chimal, Javier Molina, Eduardo Hurtado, Antonio Deltoro, Antonio López Chavira y Álvaro Uribe. No explica Arras por qué eligió a esos autores ni por qué escogió los textos de ellos que quedaron incluidos, pero tampoco tenía por qué hacerlo. Como él mismo afirma, toda antología da pie a debates y ojalá que esta selección propicie uno que sea enriquecedor para el estudio de la literatura mexicana. A mí todos los textos elegidos me gustaron, y más de uno me dejó muy sorprendido, con ganas de seguir leyendo.
El volumen incluye un prólogo de José María Espinasa, él mismo es uno de los autores de La máquina de escribir, aunque haya preferido no aparecer en la antología. Los comentarios de Espinasa sirven para poner al proyecto de Campbell a la luz de una reflexión generacional de la literatura mexicana de finales de siglo. Resulta interesante una pregunta que hace el prologuista y que nos hace pensar sobre la cultura literaria de aquellos años: ¿por qué Campbell prefirió hacer una modesta colección de libritos en vez de una ambiciosa revista?

