El asesinato de una mujer canadiense a manos de un joven en la Pirámide de la Luna de la zona arqueológica de Teotihuacán, no es sólo un hecho trágico y aislado. Es, también, un espejo incómodo que nos obliga a mirar el tipo de discursos que circulan en nuestra sociedad y, sobre todo, quiénes los legitiman. Cuando la violencia irrumpe de forma tan brutal, solemos buscar explicaciones individuales: la salud mental, el entorno familiar, el consumo de sustancias. Pero rara vez nos detenemos a analizar el clima simbólico en el que crecen nuestros jóvenes. En los últimos años, México ha experimentado una intensificación de discursos de odio, polarización y deshumanización. Estos discursos no emergen únicamente desde los márgenes; con frecuencia son amplificados o tolerados desde espacios de poder político, mediático y digital. Cuando desde lo alto se normaliza el insulto, la burla o la exclusión del “otro”, se envía un mensaje poderoso: que hay vidas que valen menos, que hay identidades sospechosas, que hay diferencias que justifican el desprecio.
Los jóvenes, en plena construcción de identidad, son particularmente vulnerables a estas narrativas. No porque sean inherentemente violentos, sino porque buscan pertenencia, certezas y sentido. En ese proceso, los discursos simplistas que dividen el mundo entre “buenos” y “malos” pueden resultar seductores. Si a eso se suma la constante exposición a contenidos que refuerzan prejuicios o glorifican la agresión, el terreno se vuelve fértil para que la violencia simbólica se transforme, en casos extremos, en violencia física. No se trata de establecer una relación automática entre discurso de odio y actos criminales, pero sí de reconocer que el lenguaje construye realidad. Las palabras nombran, clasifican, jerarquizan. Y cuando el lenguaje se contamina de odio, la convivencia se erosiona.
Frente a esto, la pregunta clave es ¿cómo construir un discurso de paz sostenible en México? En primer lugar, el poder público debe asumir una responsabilidad ética clara: no basta con condenar la violencia, es necesario erradicar la retórica que la alimenta. El tono importa. La forma en que se nombra al adversario importa. La coherencia entre discurso y acción importa.

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En segundo lugar, el sistema educativo tiene un papel central en la formación del pensamiento crítico, empatía y habilidades para el diálogo. Educar para la paz implica enseñar a reconocer la dignidad del otro. También es fundamental el rol de los medios y las plataformas digitales. La lógica del escándalo y la viralización no puede seguir premiando el contenido más agresivo o polarizante. Se requieren mecanismos de autorregulación más sólidos, pero también una ciudadanía más consciente de lo que consume y comparte.
Finalmente, construir un discurso de paz implica recuperar espacios de encuentro. En comunidades fragmentadas, donde predomina la desconfianza, es más fácil que prospere el odio. Apostar por lo común, por lo colectivo, por la escucha activa, es una tarea cotidiana que va más allá de las instituciones. El doloroso suceso en la Pirámide de la Luna debe ser un punto de inflexión. No para alimentar el miedo o el estigma, sino para preguntarnos qué tipo de sociedad estamos construyendo con nuestras palabras. Porque, al final, la paz no se decreta: se nombra, se practica y se defiende todos los días.

