FRENTE AL VÉRTIGO

Credibilidad

Pedro Sánchez Rodríguez. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Pedro Sánchez Rodríguez. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: Imagen: La Razón de México

La realidad suele imponerse a los planes de gobierno. Mientras México celebraba la entrada en vigor del TLCAN en 1994, Chiapas le recordó al país y al mundo a quiénes había dejado atrás. Cuando Enrique Peña Nieto quiso presentarse como el salvador de México, Ayotzinapa y la corrupción derrumbaron esa narrativa. Hoy, el Gobierno enfrenta otro reto: promover la inversión en un país que, a cada rato, enfrenta desafíos para mostrar estabilidad.

En Barcelona, Sheinbaum se presentó como la jefa de un Estado que busca regresar al escaparate internacional. La reunión con Pedro Sánchez confirmó el deshielo con España y sugirió que México quiere recuperar interlocución con Europa y América Latina. Después de años en que los agravios históricos marcaron el tono bilateral, volver a hablar de cooperación e inversión es una buena noticia.

La Presidenta quiere colocar a México como receptor de capital y el Plan México descansa sobre esa aspiración. Pero, aunque el Gobierno ha anunciado inversiones y esquemas para atraer privados, desde el país se envían señales cruzadas.

Ahí está el derrame en el golfo, que dejó de ser un incidente ambiental para convertirse en un ejemplo de burocracia ineficaz. No sólo hubo una fuga: también hubo ocultamiento de información, reacción tardía y fallas en la cadena de mando. El Gobierno hizo bien en remover a los funcionarios involucrados, pero el daño ambiental y reputacional ya está hecho.

Al mismo tiempo, Jamieson Greer llegó a México para avanzar en la revisión del T-MEC del 1 de julio y discutir reglas de origen más estrictas y presión sobre sectores industriales clave. El objetivo es consolidar a Norteamérica como la región más productiva del mundo. Pero ese proceso también ha puesto bajo presión al Gobierno mexicano.

Cada encuentro bilateral revive reclamos sobre favoritismo hacia las paraestatales, incertidumbre regulatoria y agresividad fiscal. Otra vez aparece la misma contradicción: mientras se insiste en que México ofrece condiciones para atraer inversión, la realidad fiscal, política y comercial cuenta una historia más enredada.

La visita de Volker Türk, lo sucedido en Teotihuacán o en Chihuahua recuerdan que a México ya no sólo lo mira México, sino que está bajo observación internacional por desapariciones, violencia y derechos humanos. Se trata de un país que está siendo evaluado al mismo tiempo por su capacidad de continuar y robustecer la competitividad de Norteamérica y por su capacidad de cumplir estándares básicos de seguridad, legalidad y justicia.

De ese tamaño es el reto del Gobierno mexicano. Atraer inversión, dar garantías de retorno, buena fe en un país impredecible, caótico, con instituciones que no están gestionando la incertidumbre de forma adecuada.

Para que México crezca, una de las variables más importantes es que se convierta en un socio confiable, un espacio seguro. México debe ofrecer certidumbre en un lugar donde parece que todo puede pasar.

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Javier Solórzano Zinser │ *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón