El sábado, Donald Trump fue evacuado de la cena de corresponsales de la Casa Blanca en el Washington Hilton, el mismo hotel donde John Hinckley disparó contra Ronald Reagan en 1981.
Todavía falta que la investigación termine. Pero las primeras versiones apuntan a que Cole Tomas Allen, un californiano de 31 años, entró armado con una escopeta, una pistola y cuchillos, disparó contra un agente del servicio secreto y fue detenido antes de llegar al salón.
El fiscal general interino dijo que Trump y miembros de su gobierno eran “objetivos probables”.

› ¿Acción de EU contra políticos mexicanos?
El lugar importa. La cena de corresponsales no es una reunión cualquiera. Es el ritual donde conviven, con incomodidad y humor, la prensa y el poder. Trump no había ido a ese evento nunca como presidente, por lo que también era muy esperado verlo y escuchar cómo se dirigiría a la prensa que tanto ha atacado. También era, quizá, el sitio con más reporteros por metro cuadrado en Washington esa noche. Si la tragedia se evitó fue por segundos y por un perímetro que funcionó antes de que el atacante entrara al salón principal.
Para Trump no es un episodio aislado. En julio de 2024, durante un mitin en Butler, Pensilvania, un tirador le rozó la oreja con una bala y fue un punto muy importante en su camino para arrasar en las elecciones. En septiembre de ese año, otro hombre armado fue descubierto cerca de su campo de golf en Florida. Ahora aparece este probable tercer intento.
Ninguno debe minimizarse. La violencia política no se vuelve menos grave porque la víctima sea un personaje polarizante o porque sus opositores lo consideren detestable.
La historia estadounidense está atravesada por esta sombra. Cuatro presidentes fueron asesinados: Abraham Lincoln en 1865, James Garfield en 1881, William McKinley en 1901 y John F. Kennedy en 1963. Otros sobrevivieron. Andrew Jackson enfrentó un ataque en 1835.
Theodore Roosevelt recibió un disparo en 1912 y aun así dio su discurso. Franklin Roosevelt, ya presidente electo, salió ileso de un atentado en 1933. Harry Truman fue atacado en 1950. Gerald Ford sobrevivió dos intentos en septiembre de 1975. Reagan estuvo a centímetros de morir en 1981 en el mismo hotel de este ataque.
La lista no normaliza nada. Al contrario, muestra una fragilidad persistente. Estados Unidos ha tolerado una disponibilidad de armas que convierte cualquier delirio en una amenaza pública.
Según el Gun Violence Archive, en 2025 hubo 407 tiroteos masivos en Estados Unidos, bajo la definición de cuatro o más personas heridas o muertas. Es decir, más de uno cada día.
La violencia aparece con más facilidad cuando la competencia deja de verse como disputa legítima y empieza a verse como guerra moral. Cuando el adversario ya no es alguien a quien derrotar en las urnas, sino un enemigo que debe ser eliminado, la democracia entra en una zona peligrosa. Nada justifica al atacante. Nada. Pero condenar la violencia no basta si no se mira el ecosistema que la vuelve más probable: armas al alcance de casi cualquiera, discursos que deshumanizan y una política que premia la furia. Estados Unidos evitó una tragedia mayor. No evitó, sin embargo, verse otra vez en el espejo de sus peores impulsos más oscuros.

