ACORDES INTERNACIONALES

La cruzada del atacante solitario

Valeria López Vela. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Valeria López Vela. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

La violencia pública contemporánea no necesita siempre un grupo, un partido, una milicia o una conspiración organizada. A veces basta una persona, la percepción de agravio, una pantalla encendida durante demasiadas horas y un blanco convertido en enemigo absoluto.

El atentado contra Donald Trump, durante la cena de corresponsales en Washington, fue el más reciente eslabón de una cadena difícil de explicar sólo como excepción: individuos aparentemente solos que deciden traducir su mundo interior en violencia pública. Días antes, en Teotihuacán, otro atacante armado abrió fuego contra turistas cerca de la Pirámide de la Luna. En India, un apuñalamiento reciente a dos guardias es investigado como posible caso de radicalización individual. No son episodios idénticos pues no tienen la misma motivación, el mismo contexto ni la misma naturaleza política. Pero comparten una figura común: el individuo que se autoriza a matar porque cree haber encontrado una causa y un enemigo.

No todo atacante solitario es producto directo de la polarización. También hay trastornos de salud mental, fenómenos de imitación, aislamiento, fallas de seguridad y modelos de radicalización digital. Pero sería ingenuo separar -por completo- estos actos del clima político de los últimos años.

Los populismos de izquierda y de derecha han contribuido a instalar una forma de entender la política como una guerra moral entre inocentes y corruptos, pueblo y traidores, patriotas y enemigos internos. Ese lenguaje no convierte automáticamente a nadie en asesino, pero sí baja el umbral simbólico de la violencia.

Cuando la política deja de ser desacuerdo y se vuelve purificación, el adversario pierde la condición de interlocutor. Se transforma en obstáculo, amenaza o infección. En ese punto, la violencia deja de parecer imposible y empieza a presentarse como una forma alterada de justicia. El atacante solitario no inventa su lenguaje: lo retoma de un ambiente saturado de ofensas, humillaciones, resentimientos y promesas de rescate. Su soledad muestra que ya no necesita una organización formal para sentirse parte de una cruzada.

El lenguaje del populismo ofrece pertenencia a quienes se sienten despojados, explicación a quienes se sienten confundidos y permiso moral a quienes se sienten agraviados. Les dice que el mundo está capturado por enemigos, trastoca el lenguaje de los derechos e invalida a las instituciones. Convierte las desigualdades en resentimiento, las diferencias en ofensas y la política en una contienda donde el otro deja de ser adversario y se vuelve amenaza.

La democracia no puede prometer una sociedad sin conflicto. Tampoco debe responder con pánico, censura indiscriminada o vigilancia masiva. Pero sí tiene que reconstruir una frontera ética elemental: restablecer las coordenadas del respeto y asegurar que ningún agravio autoriza la eliminación del otro.

La palabra pública importa porque organiza lo que una sociedad considera posible, tolerable o heroico. Cuando los líderes convierten la política en una pedagogía del odio, no controlan todas sus consecuencias. A veces, los efectos alcanzan a inocentes. O regresan, tarde o temprano, contra quienes encendieron la hoguera.

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