LA UTORA

Abrazarnos las despostilladuras

Julia Santibáñez. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Julia Santibáñez. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

“Había vivido una existencia en letras versalitas. […] Luces, sombras, amores, fobias, intensidades y un gran espesor sentimental. […] Era una mujer orgullosa y sensible que vivía sola”. En su novela Farándula, la española Marta Sanz describe a una actriz, antigua gloria del teatro, quien ha sido “la Yerma más estéril y la Medea más comeniños”, doña Bárbara, Clitemnestra. Tras un problema personal (lo llaman vejez), la diva sin familia “paga el precio de su indomabilidad”. El orden social se reestablece al castigar su cuerpo errático. Desordenado.

Bajo el libro. Claro, cómo puede una mujer ejercer la autonomía. Quién se cree para violar el mandato de servir a otros. Para no perpetuarse en hijos ni cuidar a un marido o a su madre. Da igual el hombre que decide no compartir habitación. En contraste, la ella que determina hacerlo provoca malestar social y su independencia concita juicio. Vuelvo a un artículo de García-Junco, en la edición de abril de la Revista de la Universidad de México. El departamento de la escritora es un lugar, “más que nada, de silencio”. Todavía en la treintena, Aura vive sola, con tres “gatosidades” bien amoldadas a su presupuesto de mutismo. Feliz con su elección, a veces se pregunta: “¿Por qué no tengo roomies?, ¿por qué no vivo con mi pareja?, ¿qué tipo de vida produce un lenguaje casi sin eco?”.

El asunto me retumba. Llevo más de dos décadas de elegir la soledad, si bien mi historia es distinta a la de Aura. Soy mayor que ella, mamá de una joven que el año pasado se mudó aparte y estuve casada doce años. Veo cada semana a mi hija, pero el día a día transcurre con mi sombra, entre unas sesenta plantas, no-sé-cuántos-libros. Asumo y me hago cargo del privilegio extremado de saborear el silencio. Éste. El mío. Es mi parcela creativa, donde a veces odio escribir, aunque siempre amo haber escrito, como Dorothy Parker.

He pasado por “sombras, amores, fobias, un gran espesor sentimental”, diría Sanz. Desde el divorcio eliminé de mis planes volver a establecerme en pareja. Como muchas amigas chicas, de mi edad y mayores, sé que vivir con alguien me haría cortocircuitar. Ahora mismo quiero a un hombre y me siento cuidada en los hígados, pero tengo claro que “casarte con alguien cuando estás enamorada quizá no sea buena idea, mejor esperar unos años (diez, veinte, treinta, ¿nunca?), para ver si aún son compatibles cuando la pasión cede y la realidad se instala” (traducción mía de Niña, mujer, otras, novela de la británica Bernardine Evaristo). Y encima tengo la mayor de las suertes, soy parte de un cuerpo colectivo: mi hija, amigas, mis sobrinas y yo nos abrazamos las despostilladuras. Así que, consupermiso: lleno los pulmones y reivindico mi carácter indócil, mientras abordo el tema en un poema. Eso sí, en algún momento adoptaré un gato.