PUNTO CIEGO

El Watergate de Andy

Daniel Santos Flores. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Daniel Santos Flores. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: Especial

En 1972, en plena campaña de reelección de Richard Nixon, todo estaba encaminado a que obtendría una victoria, por decir lo menos, holgada. Tenía respaldo electoral, control político y un gobierno, hasta cierto punto, sólido. Sin embargo, en junio de ese mismo año, el escándalo de Watergate explotó cuando un grupo vinculado a su campaña fue descubierto espiando a la oposición.

Al inicio se intentó minimizar el hecho, se negó lo ocurrido, se trabajó en un control de daños y se hicieron esfuerzos por proteger a los más cercanos del equipo. El problema es que aquello no era un simple error político, sino una serie de delitos que evidenció una cadena de encubrimientos, decisiones y tolerancias desde el entorno más cercano al poder del candidato y presidente. Con el paso de los días y los meses, la investigación avanzó a pasos agigantados, la presión pública y mediática creció y, lo que quisieron hacer pasar como un incidente aislado, terminó revelando un sistema de abusos y corrupción. Nixon ganó la elección en 1972, pero en 1974 tuvo que renunciar. Finalmente cayó porque el peso de las acciones de su propio equipo, y la forma en que permitió que ocurrieran, lo orillaron a perder y entregar el poder.

No muy lejano de lo que está viviendo Morena el día de hoy. Uno de los más cercanos colaboradores y amigos del expresidente Andrés Manuel López Obrador es hoy señalado por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, Rubén Rocha Moya.

El caso Rocha Moya es sólo la punta del iceberg de un andamiaje de corrupción que construyó AMLO con la ayuda de sus hijos. Qué lejano aquel momento en el que salía a cuadro esa humilde familia conviviendo en una sencilla mesa, diciendo que serían ajenos a cualquier tentación como aquéllas a las que, según ellos, estaban acostumbrados los neoliberales prianistas malvados que se burlaban del pueblo enriqueciéndose descaradamente a sus costillas.

Pero pasaron seis años y la realidad los alcanzó, Andy, como le dicen sus amigos y como tanto odia que le digan, pensó que Claudia sería sólo una Presidenta de paso, que el verdadero poder seguiría siendo la dinastía lopezobradorista, y que eso se concretaría con su llegada a la Presidencia. Ésa que por herencia creyó merecer.

Soberbio como es, intentó apoderarse del partido, de las decisiones, de las estructuras, de los procesos internos y de las candidaturas. Creyó que ése sería el camino para convertirse en el próximo Presidente. Eso comentaba en su círculo cercano y lo dejaba entrever con todo aquél que se topara. Sin embargo, quién diría que el problema de corrupción, que él mismo ocasionó, sería el que terminaría dinamitando sus intenciones.

No habrá un 2027 para él, y esto porque, si es cierto lo que dice la nueva dirigente nacional de Morena, Ariadna Montiel, sobre que no podrán tener candidatos sucios, o más bien, que sólo aceptarán candidatos impecables, el primero en ser descartado tendría que ser el mismísimo príncipe que se creyó heredero. Gracias a los escándalos, a los presuntos robos desmedidos, al huachicol fiscal, a las obras inconclusas que se le adjudican a su grupo y a la corrupción en general que lo rodea, sumado a la presión que ejerce en su contra el gobierno estadounidense, es que no podrá ver cristalizados sus sueños de ser el gran sucesor de Claudia Sheinbaum.

Por más que lo minimicen, que intenten hacer control de daños o que busquen blindar a sus cercanos, al joven Andy le sucederá lo mismo que a Nixon con su Watergate: caer por el peso de sus propias acciones, por las de su equipo y por haber permitido que todo ocurriera. Sólo que, en su caso, el golpe puede llegar antes de llegar al poder.

El problema para Andy no es sólo lo que digan en Washington, ni lo que declaren en Morena, ni lo que intenten negar sus cercanos. El problema es que su proyecto nació montado sobre una red de complicidades que hoy empieza a romperse. Creyó que la herencia política alcanzaba para llegar, pero se le olvidó que también se heredan los escándalos, los expedientes y las facturas pendientes. Nixon llegó a la presidencia y el Watergate lo sacó; Andy ni siquiera ha llegado y su propio Watergate ya empezó a cerrarle la puerta.

Reenviado

“… lo que intento decir es que, si lo hace el Presidente, entonces no es ilegal.”

- Richard Nixon

Expresidente de Estados Unidos de América

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