El 6 de mayo de hace 170 años, nació Sigmund Freud en Prîbor, hoy República Checa. A los tres años fue a vivir con su familia a Viena. Fue un médico y neurólogo vienés que inventó un nuevo método para tratar el sufrimiento físico que no se explicaba por causas biológicas. Todo empezó en la Viena de finales del siglo XIX, crisol cultural de Europa. Freud siguió la pista del cuerpo, primero con las explicaciones de la medicina y la neurología. Después visitó la Salpêtrière, en París, donde la histeria era sinónimo de locura y Charcot, director del hospital, reducía a las mujeres a cuerpos para ser estudiados y como objetos de exhibición. Freud lee una verdad diferente: las histéricas nada tienen de simuladoras ni de manipuladoras y diagnostica la histeria de transferencia.
Se aleja de la hipnosis y le pide a sus primeras pacientes que recuerden, hablen y asocien. Afirma desde el principio que la neurosis es un conflicto psíquico ineliminable, que el aparato psíquico es un gran trabajador y que la formación de síntomas funciona como defensa, pero también como un intento de solución. La afirmación de que “el yo no es amo en su propia casa”, resume la herida narcisista que Freud inflige a la humanidad. El ser humano tiene inconsciente y, por tanto, no es dueño de sí mismo.
Para ir más allá de los discursos de la época, Freud se tomó muy en serio la individualidad de los pacientes que psicoanalizaba. Mediante la transferencia, va a interesarse por el deseo inconsciente del sujeto, presa de sus fantasías, de sus deseos y de las vivencias de infancia, sometidas a los mecanismos de la represión.

› ¿Se tuneó con el erario?
En los primeros años, la teoría psicoanalítica se centró en los estudios sobre la histeria y en la ciencia de los sueños. El punto de partida de Freud era lo que los pacientes le mostraban sobre sus dudas internas, sus actos fallidos y su incapacidad para vivir. Para Freud, los pacientes eran enigmas, jeroglíficos de un deseo por descifrar.
Más adelante, en Introducción al narcisismo, Duelo y melancolía y Más allá del principio de placer, Freud plantea el problema del sujeto y de su destino, pero intenta ir más allá y enfatiza la mezcla entre los instintos eróticos y el instinto de muerte. El instinto de muerte es algo propio de lo humano y como tal, actúa en el sujeto no como un polo opuesto a la vida, no como un instinto destructor, sino como lo que aparece y reaparece, repitiéndose sin cesar. El sufrimiento neurótico intenta negar la operación de ese instinto. El sujeto, sometido a los mecanismos de la repetición, tiende a regresar siempre a los mismos caminos, pero no dejará de interrogarse por la singularidad del sujeto. Las formulaciones teóricas del psicoanálisis rompen con la concepción totalizadora de lo colectivo.
Freud presentó sus primeros trabajos clínicos empezando el XX y provocó una ola de admiración y rechazo. Se sumaron muy pronto al estudio de sus ideas Karl Abraham, C.G. Jung, Sándor Ferenczi, Lou Andreas-Salomé, Helene Deutsch, Margarete Hilferding-Ho, Otto Rank, entre muchos otros.
Luego, la Segunda Guerra Mundial y la aparición del nazismo hacen que el psicoanálisis emigre a Londres, donde nace la escuela inglesa: D. W. Winnicott, pediatra y psicoanalista, recibió en su consulta a más de 60 mil madres, enriqueciendo el análisis de niños, bien establecido ya por Anna Freud y Melanie Klein. En una época más reciente, son W. Bion, H. Searles y H. Rosenfeld, por citar sólo algunos, quienes hacen extensiva a la cura de las psicosis la acción del psicoanálisis, que había sido creado para tratar las neurosis.
En Francia, el psicoanálisis sufre escisiones reiteradas, siendo la más importante la provocada por Lacan. Françoise Dolto es la figura más destacada de estos últimos años.
No es una casualidad que el psicoanálisis de niños sea el que cuenta con la mayor aprobación, al comprenderse que la salud del niño es la base del porvenir de la sociedad.
Freud nos ha legado ideas poderosas para la clínica, pero también para la vida. incorporar la idea de que un sueño no interpretado es como una carta no leída le da a la existencia una dimensión que no existía en la era pre-freudiana. También nos enseñó a entender que la cura de los conflictos psíquicos siempre será parcial, porque no hay ninguna individualidad que esté totalmente limpia de fantasmas. La realidad siempre se está moviendo, por lo que no puede ser un estado que se describe o cataloga. Algo siempre está por hacerse. Ser un individuo siempre es un quehacer, un proyecto que parte de la historia personal con posibilidades de liberación. Lograr decir “yo” en un sentido profundo, con independencia de las expectativas familiares y culturales que nos formaron, es una de las aspiraciones que Freud concibió cuando inventó el psicoanálisis.
Valeria VillaFeliz cumpleaños, doctor Freud

Lo que nos toca hacer

