El senador de Morena por Sinaloa, Enrique Inzunza, hace una semana subió a sus redes sociales que, luego de las licencias solicitadas por sus paisanos señalados por la justicia estadounidense de ser narcopolíticos, Rubén Rocha del gobierno; el vicefiscal del estado, Dámaso Castro, y el alcalde de Culiacán, Juan de Dios Gámez, él estaría presente con todo y fuero, en la sesión del Senado hace dos días.
Pero no llegó, que mejor no, para no prestarse a un espectáculo de defenestración en contra de la 4T por parte de, al parecer, ahora temible oposición, en la Permanente del Congreso. Hombre considerado. Compañero arropado por el silencio de los suyos y por la incógnita sobre su ubicación.
El pueblo de México conoce historias similares.

› ¿Se tuneó con el erario?
En 2016, Javier Duarte, exgobernador priista de Veracruz, dijo en cadena nacional de televisión, antes de solicitar licencia al cargo, que él estaría para hacer frente a las acusaciones de corrupción en su contra. Decía que enfrentaría las infamias y calumnias. Terminó la entrevista y se peló. Él tampoco quería prestarse al escarnio que, seguramente Morena, entonces oposición al régimen del tricolor haría de su persona y honra. Medio año más tarde lo atraparon en Guatemala.
Otro político de esa camada priista, César Duarte, de Chihuahua, también afirmaba categóricamente que nada debía ni temía. Pero luego de perder el fuero, al dejar el encargo, huyó por la fronteriza Ciudad Juárez hacia Texas, en Estados Unidos. Un par de años tardaron en detenerlo allá y otro más en extraditarlo a México.
Tomás Yarrington, exmandatario de Tamaulipas, fue otro más en la saga reciente de demagogos escapistas. Juró que todas las acusaciones en su contra por parte de la DEA eran falsas. Pero por el mismo prurito, de no ser el “payaso de las cachetadas”, huyó. Sí, años más tarde lo pescaron en Italia.
Y podríamos seguir con emblemáticas figuras públicas, Roberto Borge de Quintana Roo. Su antecesor Mario Villanueva igual. De Sonora, el extraño caso de Guillermo Padrés, quien, en 2016, se entregó a las autoridades judiciales en medio de una cobertura mediática inédita.
Este año, el perredista, antes compañero de muchos morenistas, el exgobernador de Michoacán Silvano Aureoles Conejo, se cansó de sacar pecho ante los rumores de pesquisas en su contra. Memorable performance ante Palacio Nacional con un banquito demandando audiencia. Hasta el momento nadie sabe a dónde huyó para, adivinó, evitar ser víctima de un linchamiento político.
La decena trágica de gobernantes, procuradores de justicia y legisladores sinaloenses es coro. Todos dicen que rechinan de limpios. Juraban que nada pasaba. Algunos reparten lo que les salpica, dicen que semejantes suposiciones: Ser funcionarios a sueldo del cártel de Los Chapitos, más que imputarlos, es un ataque, un complot en contra de la Cuarta Transformación. Y de la soberanía nacional.
Para ser diferentes, se parecen mucho a los de antes. Antes se reían, se llevaban, pero ahora no se aguantan. Vaya espectáculo el que nos dan.

Lo que nos toca hacer

