Mientras buena parte de la atención pública está concentrada en los señalamientos de Estados Unidos contra el entorno del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y contra él mismo, por sus presuntos nexos con el crimen organizado, en México siguen ocurriendo desapariciones, asesinatos de activistas, agresiones contra periodistas y ataques a personas defensoras de derechos humanos que apenas logran ocupar espacio en la conversación nacional.
En los días recientes, la agenda pública se desplazó hacia la visita del grupo surcoreano BTS a Palacio Nacional, donde sus integrantes fueron recibidos por la Presidenta Claudia Sheinbaum, quien curiosamente pidió no politizar el encuentro, aunque ella misma destacara después que la agrupación “reúne a más gente que la oposición”.

A través de la organización CIMAC, mujeres buscadoras, defensoras y periodistas lanzaron una pregunta incómoda pero legítima: “Si hay tiempo para BTS, ¿por qué no para nosotras?”.

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Recordando además que desde diciembre de 2024 entregaron una solicitud formal de audiencia que sigue sin respuesta.
En marzo pasado, más de 200 colectivos reiteraron el mismo reclamo, porque continúan esperando una reunión solicitada desde octubre de 2024. Para cuando ocurrió la visita del grupo surcoreano, acumulaban ya alrededor de 18 meses sin ser recibidos.
Y el malestar no se limitó a organizaciones civiles. Parte del propio fandom de BTS expresó incomodidad en sus redes sociales, al resaltar que la visita podía interpretarse como un intento de capitalizar la inmensa popularidad del grupo, en medio de una crisis nacional marcada por la violencia, las desapariciones y acusaciones de presuntos vínculos entre poder político y el crimen organizado.
No es un detalle menor, porque expone que incluso en espacios aparentemente alejados de la política, existe conciencia y sensibilidad sobre el contexto en el que ocurren este tipo de actos públicos.
Aunque tampoco es la primera vez, y hasta pudiera verse ya como una estrategia de escape de algunas formas de gobierno cuando la coyuntura se vuelve adversa.
Durante el proceso electoral de 2018, Andrés Manuel López Obrador logró una conexión particularmente fuerte con sectores jóvenes y comunidades digitales que amplificaron su presencia en redes sociales de manera orgánica.
Esa cercanía fue clave para construir narrativa, movilización y conversación pública. Sin embargo, una vez en el poder, el discurso oficial cambió y buena parte de esos mismos espacios digitales comenzaron a ser señalados, desacreditados o confrontados desde el Gobierno.
El paralelismo no es exacto, pero sí revela algo importante: la popularidad y el entretenimiento pueden convertirse en herramientas poderosas para mover la conversación pública, sobre todo cuando el país atraviesa momentos tan delicados.
El punto de fondo no es BTS, sino lo que queda fuera del encuadre.
Mientras se discutía si la visita debía o no politizarse, en Michoacán fue hallado sin vida el ambientalista Lázaro Mendoza Ramírez, desaparecido días antes. Apenas una semana previa, también en ese estado, Roberto Chávez, defensor ambiental y protector de la biosfera en el municipio de Madero, fue asesinado a tiros.
Todo esto ocurrió mientras el Centro Mexicano de Derecho Ambiental presentaba su informe más reciente sobre agresiones contra personas defensoras del medio ambiente, en el que documentó 135 eventos de agresión durante 2025 y señaló participación de autoridades en al menos 76 casos.
Al mismo tiempo, Artículo 19 advertía esta misma semana que los asesinatos de periodistas prácticamente se duplicaron en México entre 2024 y 2025, señalando además que funcionarios públicos aparecen como presuntos agresores en el 31% de los casos documentados; particulares y empresas privadas en el 21%; fuerzas de seguridad civiles en el 17%; y el crimen organizado en el 7%.
Por eso la discusión no debería reducirse a si un acto popular —o populista— resulta oportuno o no. La verdadera interrogante va sobre los temas que están siendo desplazados, mientras la conversación pública se entretiene en otra parte.
Porque las desapariciones no se detienen cuando cambia la tendencia del día, ni los asesinatos de periodistas, ni las amenazas contra activistas, ni la impunidad, ni desaparecen los motivos por los que hoy se señala a México como un país narcoterrorista…

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