México no está preparado para comprender cómo es que el secretario de Educación, rodeado de secretarios estatales en la materia, comunicó sonriente que, de consenso, por calor y por el Mundial de Futbol, las vacaciones escolares serían de 11 semanas, no de seis.
En nuestra formación básica, tampoco desarrollamos capacidades cognitivas para asociar lógicas divergentes, como es que la Presidenta de todas y todos dijera al día siguiente que el anuncio no había sido tal, sino tan sólo una propuesta, sonda exploradora de las inquietudes de maestros, padres de familia y actores relevantes del sector.
Y de plano, reprobaríamos si de relacionar y resumir en un concepto rector se tratara, que la justa deportiva que estamos por vivir nos permite, como nación, confrontar enormes taras de política pública educativa.

› El drama nepotista que no termina
Por ejemplo, que apenas la semana pasada las autoridades del Gobierno federal no dimensionaban aún que el calendario escolar, históricamente está embarazado con semanas de trabajo para satisfacer criterios tecnocráticos y neoliberales, producto de afanes productivistas que atentan desde siempre contra la dignidad de los docentes y la posibilidad popular de convivencia en los hogares.
O que se ha sometido a la diversidad climática de cada entidad federativa a un calendario egocéntrico y autoritario.
Finalmente, esta escaramuza informativa y social, que muchos interpretamos erróneamente como descoordinación y ocurrencias, la SEP la ha transformado —nunca mejor dicho— en la venturosa oportunidad de llamarle “pan al pan y vino al vino”.
No nos hagamos, las últimas 4 semanas de cada año lectivo no sirven para nada, descarga administrativa y concebir, con perversidad conservadora, a las aulas como guarderías al servicio del capitalismo salvaje.
Ya ganamos, lo de menos sucederá en las canchas y estadios, el nuevo México alterado, para bien, ha capitalizado nuestro mini mundialito para que millones de menores vayan a las aulas de la nueva escuela 4T a lo sustantivo, a crecer en comunidad y no a cubrir parámetros de la OCDE. Para que quede claro, como Francia o Bélgica, que tienen 170 días efectivos de clases y una formación social de primer mundo.
Ni durante el primer piso de la 4T aprendimos tan rápido a mirar las fallas estructurales, las distorsiones que la ausencia del nuevo humanismo azteca-maya-olmeca instaló en nuestra cotidianidad.
Las familias podían convivir más tiempo, las escuelas no serián estacionamientos de chamacos y la salud mental de los maestros, base para la calidad de su desempeño, sería mejor. Y todo gracias al Mundial.
Ahora seríamos capaces de conectar como un anuncio, un desmentido, una insistencia y una ratificación, resultan en la construcción integral de mejores decisiones de gobierno con la alineación de los intereses de todo mundo, a favor de un futuro más justo, progresista e incluyente.
Pero no, después de sacudir conciencias y avisperos, todo quedará como antes. El calendario igual, lleno de todos los males anteriores. Dice la conseja popular “todo cambia, para permanecer igual”.

El calor, el Mundial y el último mes

