Leonardo da Vinci decía que “la pintura es una cosa mental”. El artista crea una realidad alterna con la suficiente verosimilitud como para ocupar el lugar de la realidad misma. Se trata, en suma, del mismo principio de la Inteligencia Artificial, aunque ahora con las técnicas, no del Renacimiento italiano, sino de la alta tecnología global del siglo XXI.
Hoy, la geopolítica se ve cada vez más moldeada por esos artificios hiperrealistas. En el caso de Cuba, es notable el peso que tiene, en la élite militar-empresarial que sustenta el poder real, la idea de que los mejores momentos de la isla, en los últimos 67 años, fueron aquellos en que el país caribeño estuvo conectado, primero, al bloque soviético y luego al
bloque bolivariano.

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Aquellas dependencias, contrarias a la actual, llegaron a ser productivas y el país alcanzó indicadores económicos y sociales altos, relativamente superiores a los de buena parte de América Latina y el Caribe. Cuba circuló entonces como modelo de desarrollo social, aunque su sistema económico fuese demasiado dependiente de la venta de azúcar a la URSS o de servicios médicos y de seguridad a la Venezuela chavista.
El impulso del gobierno cubano a favor de regresar a una fórmula parecida, en medio de la extraordinaria presión de Estados Unidos con nuevas sanciones personalizadas, es evidente. La Habana desea un milagro geopolítico y tecnológico, por el cual China genere en pocos meses un sustituto del petróleo por medio de paneles solares o Rusia desafíe estructuralmente la Orden Ejecutiva del 29 de enero de 2026 y vuelva a acoplarse al abastecimiento de combustible en la isla.
En cualquiera de las dos variantes o en la suma de ambas vuelve a operar la lógica de la Guerra Fría. Cuba estaría ubicándose en el centro del choque de intereses entre las grandes potencias mundiales, como en octubre de 1962, asegurando la subsistencia de su régimen como una causa existencial del equilibrio del mundo.
En esa lógica se reconocen no sólo buena parte de las élites cubanas, sino muchos de quienes apuestan a la “solidaridad” y la “resistencia” de Cuba. No hay en esas corrientes una voluntad de cambio de la situación que ha colocado a la isla, de facto, en manos de Estados Unidos, sino la búsqueda del ocultamiento de una dependencia real con una dependencia artificial.
Olvidan lo que algunos revolucionarios del pasado cubano, como José Martí y Antonio Guiteras, sostuvieron a propósito de la independencia o soberanía sustantiva. Decía Martí “el que compra, manda” y “el que vende, sirve”. Lo decía apuntando a los extractivismos latinoamericanos de fines del siglo XIX y, explícitamente, a la plantación azucarera cubana.
Es más soberano un país caribeño con economía diversificada, con presencia de intereses reales de distintas potencias, y relaciones asimétricas con Estados Unidos, que un país en perpetuo estado de diferendo con Washington, siempre a la búsqueda de metrópoli sustituta.

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