Este viernes, México y la Unión Europea firmarán el acuerdo modernizado de libre comercio. La firma no ocurre por casualidad ni únicamente porque las negociaciones finalmente llegaron a buen puerto. Ocurre en un momento en el que México y Europa necesitan ampliar sus márgenes de maniobra frente a un escenario internacional cada vez más incierto y cada vez más catastrófico. El contexto político y económico terminó por acelerar la relevancia de un tratado que llevaba años negociándose.
Durante décadas, la economía mexicana apostó gran parte de su futuro a América del Norte. El T-MEC sigue siendo el eje de la integración productiva del país y nadie en el Gobierno mexicano ni en México parece tener interés real en romper con Estados Unidos. El problema es otro: la volatilidad política estadounidense obliga a México a prepararse para escenarios menos estables. Donald Trump ha vuelto a colocar sobre la mesa amenazas arancelarias, discursos proteccionistas y presiones sobre las cadenas de suministro. Aunque muchas de esas amenazas terminan moderándose, el mensaje es claro: depender excesivamente de un solo socio se ha convertido en un riesgo político y para la soberanía.
Por eso la relación con Europa adquirió un nuevo significado. El acuerdo modernizado con la Unión Europea le permite a México enviar una señal importante hacia afuera y hacia adentro: el país quiere mantener abiertas múltiples puertas al mismo tiempo. Europa representa inversión, tecnología, cadenas industriales y una relación menos atravesada por la polarización política que domina actualmente a Estados Unidos.
En paralelo, México ha comenzado a reconstruir o fortalecer relaciones que durante años estuvieron congeladas, tensas o subestimadas. La relación con España vive un lento deshielo después de años de fricciones políticas y simbólicas. Incluso la visita del rey Felipe VI para el partido entre España y Uruguay en Guadalajara tiene una lectura diplomática que va más allá del futbol. Con Canadá también existe una nueva coincidencia política. El Gobierno canadiense ha respondido al trumpismo intentando fortalecer alianzas entre potencias medias; es decir, países con peso regional, capacidad económica y margen de influencia internacional, pero sin la dimensión de una superpotencia. En esa lógica, México aparece cada vez más como un socio estratégico natural.
Algo parecido ocurre con Brasil. Más allá de las diferencias ideológicas o comerciales, ambos países entienden que América Latina necesita mayores mecanismos de coordinación en un entorno internacional cada vez más fragmentado.
México parece haber entendido algo importante: el mundo que permitió depender cómodamente de un solo mercado empieza a desaparecer. Hoy, cuando Estados Unidos intenta ganar lo mejor del mundo del aislacionismo y la globalización, México debe hacer lo mismo y buscar su diversificación comercial y diplomática. En tiempos de volatilidad global, tener más interlocutores, más aliados y buscar más opciones fuera es una forma de proteger la soberanía.
Aprovecho estas últimas líneas para felicitar a La Razón por estos 17 años. Estoy muy agradecido con su gran equipo y sus lectores, por formar parte de sus páginas semana con semana. ¡Felicidades!
¿Se le acaba el tiempo a Trump?
