Que los argumentos de Cayetana Álvarez de Toledo sobre la realidad mexicana son inapelables, escribió mi amigo, el profesor de argumentación Roberto Lara. Dice que no encontraremos en ellos fallos lógicos, ni de sustancia. Roberto concluye: “El diagnóstico es brutal, pero también esperanzador”.
Entonces escuché el discurso de la diputada española en el evento organizado por Grupo Salinas. No para tratar de refutarla a fuerzas, sino para ver en qué coincido y en qué difiero. Después de oírla estoy de acuerdo, ¡cómo no iba a estarlo!, en que la impunidad fortalece al crimen organizado. La trampa es que la marquesa de Casa Fuerte crea que la división de poderes, tal y como existía antes de la reforma judicial en México, combatía esa impunidad. No estaba hecha para eso, sino para proteger a los ciudadanos de la arbitrariedad del Estado, para limitar al “ogro filantrópico” que ella evoca. Pero el poderoso sistema de jueces de amparo también constituía, de paso, la justicia VIP para los capos del crimen, por la sencilla razón de que se fondeaban con suficientes recursos públicos los mecanismos de defensa de los acusados, no a las fiscalías que acusaban. Era posible para los abogados de narcos atacar ante los tribunales todos los esfuerzos de la autoridad de llevar a los delincuentes a prisión; en nombre de “principios sagrados del debido proceso”, pero muchas veces, más allá de los que marca la Constitución y los tratados internacionales, se liberaba a notorios mafiosos.
Si escuchamos el discurso de Cayetana con cuidado, veremos que, como la ágil prestidigitadora que es, asegura que los contrapesos institucionales podían frenar a los malandros. En realidad, muchos de esos contrapesos detenían a la autoridad. Si la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) congelaba las cuentas de las tequileras ligadas a un cártel, el poder judicial las liberaba por falta de intervención judicial. Si se solicitaba dicha intervención judicial, el juez podía negarla por falta de algún papel (solicitud de la DEA, por ejemplo). Si un acusado rendía declaración que lo afectaba, algunos jueces señalaban que era inválida su autoincriminación.

• El que suda agua bendita
Desde luego, apoyo un poder judicial independiente y autónomo. Pero también reconozco la complejidad de los problemas nacionales (acaba de morir Edgar Morin, teórico de la complejidad). En materia de división de poderes, hay máximos y mínimos.
Dice Cayetana, refiriéndose a la Reforma Judicial, que en España pretenden hacer lo mismo que en México. Pues en Francia se está usando ese temor para tapiar las instituciones. Se teme que el eventual triunfo de la izquierda de Jean-Luc Mélenchon implique reformas poco liberales y, a partir de esa premisa, el presidente Emmanuel Macron está poniendo a sus hombres en el Consejo Constitucional, en la Cour des Comptes y en el Banco de Francia.
En todo el mundo, los liberales ponen cerrojos institucionales que la izquierda trata de abrir. Ni sólo en México, ni sólo en 2026. El barón de Montesquieu quería pesos y balanzas que a Rousseau no le gustaban. Cierto, AMLO y Sheinbaum inspiran, en parte, a Mélenchon… como las políticas españolas Ayuso y Álvarez son modelos para la maltrecha oposición mexicana.

Las y los suspirantes

