El día de hoy se da la patada inicial en el tres veces mundialista Estadio Azteca, en lo que marcará el arranque de la 23.a edición de la Copa Mundial de Futbol 2026, en un contexto de expectativa máxima, mezclada con tensa calma, indiferencia y hasta rechazo.
Para los poquísimos afortunados que podrán asistir al estadio a presenciar el juego inaugural, sin duda la expectativa se encuentra a tope, contando las horas y los minutos para poder estar sentados en sus butacas y vivir un momento de ésos que quedan grabados en la mente para toda la vida.
Para otros tantos, la algarabía se traduce en un día de descanso de facto, aprovechable para reunirse a ver el juego con los amigos, o, por el contrario, en un falso día laboral, en donde tener buena señal de Internet es el elemento más cotizado, y donde las ausencias generalizadas y las solicitudes extraordinarias para trabajar a distancia son el factor común.

Democracia sostenida con palitos
Sin embargo, para la amplísima mayoría, la atmósfera mundialista simplemente no terminó de permear, a pesar de ser —en esta ocasión— uno de los tres países sede y el único en albergar este torneo por tercera vez en la historia, y de tratarse de un evento que cada cuatro años genera
—como en pocas sociedades— la máxima felicidad, frustración y tristeza. Y los motivos son diversos.
Por lo que respecta a una parte meramente de ambiente y expectación, el éxtasis de ser anfitriones se convierte más como en un grito ahogado, pues no se puede percibir genuinamente como propio un evento en el que tocó albergar únicamente 13 partidos —de un total de 104—, y al cual asistir fue cercano a lo imposible, con procesos de venta poco transparentes y con precios por entradas por las nubes.
A ello, el día de hoy hay que sumar caos vial inherente al evento, pero agravado por obras viales y de transporte inconclusas; inclemencias climáticas en una ciudad en la que una lluvia “atípica” es suficiente para ponerla de cabeza; y un ambiente de tensión e incertidumbre, provocado por bloqueos por parte de diversos contingentes —con muy variados motivos— que han encontrado en el evento inaugural la moneda de cambio ideal para elevar la tensión política –de la mano de sus exigencias– al máximo.
Por lo que respecta a la parte logística, en el caso específico de México, la organización ha sido francamente desastrosa. El anuncio con ocho años de antelación de que seríamos nuevamente sede, no bastaron para darle el mantenimiento necesario a vialidades y sistemas de transporte, y para desarrollar proyectos de infraestructura acordes con la relevancia del evento. Por el contrario, proliferan obras inconclusas, mal hechas o, en el mejor de los casos, entregadas a las prisas.
Qué ganas de gritar un gol a todo pulmón. Pero que desalentador tener que hacerlo frente a los golpes de realidad de lo que día con día acontece en una sociedad profundamente desigual, en la que la euforia de unos convive con la tristeza, desesperanza, los abusos y el justo reclamo de otros. Ojalá el balón pudiera rodar en un terreno mucho más parejo.


