LA UTORA

Lo ínfimo: Encanto y peligro

Julia Santibáñez. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Julia Santibáñez. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

Un sismógrafo registra cada mínima vibración bajo losas de tierra, callada, a metros o kilómetros de hondura. La detecta previo a ser obvia. Antes de que su elocuencia exija titulares. Los terremotos no crean. Sólo saben de vulgar mala intención: dar un golpe en la mesa, para aplanar colonias o ciudades en segundos. Por contraste, cada reacomodo sutil de la corteza terrestre sugiere una fuerza real, una labor constante y tenue que transforma geografías.

El lugar de lo ínfimo tiene su encanto: ese botón exquisito sobre una prenda inelegante, aquella cebolla oronda, el platito de cerámica que reconfigura la mesa. Lo minúsculo sacude el hastío cotidiano. Victor Serge, poeta y novelista ruso, estuvo preso varias veces. Militó en el anarquismo, fue bolchevique y, más tarde, opositor de Lenin. Muerto en México en 1947, Serge pasó más de diez años en cautiverio a lo largo de su vida. Durante alguno de sus alojamientos en la cárcel pudo sortear la locura gracias a la conciencia de llevar en el bolsillo del pecho un trozo de papel rojo. Nadie supo esa trivialidad poética. Así mantuvo el salvavidas pegado al cuerpo. Esa nadería era la promesa que lo frenaba ante la urgencia de patearlo todo. Morderlo todo. Incluso a sí mismo. Si le imponían una vida monocromática, su rebeldía imperceptible lo mantuvo cuerdo. Es así. El reto está en construir significado a partir de lo nimio, lejos del prestigio y la majestuosidad.

Ahora bien, lo pequeño no es siempre bello ni benigno ni salva. El protagonista de “El ojo en la garganta”, cuento del libro El buen mal, de Samanta Schweblin, descubre el efecto de ingerir la pilita de un control remoto. En lo personal, la apenas idea de que se me entierre una espina en el ojo me hace corcovear, lo mismo que imaginar la cercanía de la medusa australiana irukandji, invisible y de un centímetro, cuya picadura causa dolor inconcebible hasta la muerte.

Vuelvo a los temblores. El erudito chino Zhang Heng inventó el primer sismógrafo, alrededor del año 139 d. C. No es casual que se desempeñara como poeta, mientras en paralelo estudiaba el reacomodo terrestre. Ciencia telúrica y poesía plantean búsquedas similares: ambas se fascinan ante lo menor y oculto. Quien escribe hace las veces de un sismógrafo, al exponer como materia prima su angustia más soterrada. Las visiones y culpas que le van al hueso. También cuando desmenuza el hartazgo social previo al estallido.

En eso que nadie atiende por diminuto, en la fisura breve y esmaltada se esconden entre silencio tanto maravillosidades como el terror abstracto. La rabia punzante. El miedo que gangrena. Rozar su código cifrado recompensa cualquier esfuerzo. Clarice Lispector lo sabía. Dice en La hora de la estrella: “Me dedico sobre todo a los gnomos, enanos, sílfides y ninfas que me habitan la vida”.


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