He leído de un tirón Las armas de la ilusión (Alfaguara, 2026) de Jordi Soler, supongo que por sus ráfagas de memoria de los años 90 en el antiguo DF. Llegué a esta ciudad en el verano de 1991 y me enteraba de lo que sucedía en México y el mundo por el periódico La Jornada, que muchos cargábamos con nuestros libros en los peseros de Avenida Universidad, Copilco e Insurgentes, rumbo a la UNAM y el Colmex.
A Jordi Soler lo escuchábamos en la estación de radio Rock 101 y luego lo veíamos en el Canal 11, en el programa Del Rock y otras rolas. Después lo hemos leído en sus novelas y sus brillantes columnas en el periódico Milenio. Pero en este último libro, el escritor nos devuelve de golpe a su juventud, que fue también la nuestra, en aquellos años de ilusiones desarmadas y sueños paralizantes.
La novela —¿es esta memoria una novela o es esta novela una memoria?— comienza con el rock y muy rápido se desplaza al revuelo que causó el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en la juventud capitalina. En mi recuerdo, el DF era un lugar muy rockero, si se comparaba, por ejemplo, con La Habana, la ciudad de la que yo venía. En Rockotitlán y otros bares escuchábamos a Los Caifanes, Maldita Vecindad, Botellita de Jerez y Santa Sabina.

La derecha antisistema
Pero Soler comienza aludiendo a algunos equívocos o desencuentros entre el rock y la ciudad, que dan un tono premonitorio a la trama de este libro. Recuerda el escritor cuando en el Toreo de Cuatro Caminos, Joe Cocker no pudo cantar un solo tema, de lo borracho y drogado que estaba, o cuando Jim Morrison de los Doors “lucía un vistoso coma etílico” o cuando unos dobles de Ian Gillan y Ritchie Blackmore se hicieron pasar por los Deep Purple en la Ciudad de los Deportes.
Ese preámbulo da paso con fluidez a la historia de los múltiples intentos de frustración oficialista del concierto de “Rock por la Paz y la Tolerancia”, organizado por el EZLN y varios grupos rockeros mexicanos en 1995 en el Estadio de Prácticas de la UNAM. Soler hizo un promocional de aquel concierto, con la voz del Subcomandante Marcos, que se trasmitió durante semanas, a pesar de múltiples amenazas y conatos de censura.
Las memorias de Soler se colocan en ese punto de vivencia e inverosimilitud que es propia de las novelas. El pasaje dedicado a la entrevista con el escritor colombiano Fernando Vallejo, autor de La virgen de los sicarios (1994), en una tienda de vestidos de novia del Centro Histórico de la Ciudad de México, es completamente novelesco. La conversación entre los dos escritores recorre temas como el culto a María Auxiliadora, la Iglesia, el travestismo y la sobrepoblación mundial.
La conversación entre Vallejo y Soler, para el noticiario Blanco y negro, que conducían Javier Solórzano y Carmen Aristegui, se conserva en YouTube, pero la narración de Las armas de la ilusión desborda ágilmente aquella realidad audiovisual. En el libro se cuenta que, después de la entrevista, los interlocutores se fueron con la editora Marisol Schulz a casa de Vallejo en la calle Amsterdam, donde el novelista colombiano tocó al piano una sonata de Antonio Soler, y terminaron la noche persiguiendo un carrito de camotes por la Condesa.
Recrea también Jordi Soler algunas escenas de su paso por Dublín, como agregado cultural de México en los años 2000. Entre sus proezas joycenas, en la capital irlandesa, estarían entrevistar, traducir y editar al poeta Seamus Heaney, Premio Nobel en 1995, y organizar una muestra de retratos de José Luis Cuevas en la casa de Oscar Wilde, en Merrion Square.
Todo esto está narrado con un derroche de self mockery o con una falta de solemnidad que mucho recuerdan a James Joyce, al propio Fernando Vallejo, pero también a Guillermo Cabrera Infante. El escritor recuerda su pasado, bien claro de que “una sola piedra puede desmoronar un edificio”, como decía Francisco de Quevedo, lo cual suena a antídoto contra tanto narcisismo y escarnio en las redes.

La oposición les sigue ayudando

