BAJO SOSPECHA

China y la no prórroga del T-MEC

Bibiana Belsasso. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.<br>
Bibiana Belsasso. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

La semana pasada, Estados Unidos decidió no prorrogar automáticamente el T-MEC, por lo que durante los próximos 16 años el tratado será revisado anualmente. Detrás de esta decisión hay un factor determinante: la creciente rivalidad comercial entre Estados Unidos y China.

Cuando en 1994 se firmó el primer acuerdo de libre comercio de Norteamérica, China no era la potencia económica y tecnológica que es hoy.

Ahora, Washington observa con preocupación la creciente relación comercial de México con Beijing y teme que productos chinos, especialmente del sector automotriz, entren a Estados Unidos con menores aranceles tras ser ensamblados en México y etiquetados como “Made in Mexico”, una práctica que considera una competencia desleal y que ha estado sucediendo.

NEGOCIACIONES SIGUEN

MARCELO EBRARD, secretario de Economía, en conferencia de prensa, el pasado 1 de julio
MARCELO EBRARD, secretario de Economía, en conferencia de prensa, el pasado 1 de julio ı Foto: Cuartoscuro

Durante décadas, muchos en Occidente pensaron que, conforme China creciera económicamente, también terminaría pareciéndose a las democracias liberales. La realidad fue exactamente la contraria. China sí aprendió de Occidente, pero nunca quiso convertirse en Occidente. Esa quizá sea la mejor explicación para entender por qué hoy es un competidor tan poderoso.

Como explica el historiador Rana Mitter en la revista Foreign Affairs y como se analizó durante el curso National and International Security, impartido en la Kennedy School de la Universidad de Harvard sobre la relación entre Estados Unidos y China, la transformación china no ocurrió de la noche a la mañana. Es el resultado de una estrategia construida durante más de un siglo.

La memoria histórica sigue marcando todas las decisiones de Beijing. El llamado “siglo de la humillación”, iniciado tras las Guerras del Opio, dejó una profunda sensación de vulnerabilidad nacional. Desde entonces surgieron dos objetivos que siguen guiando al gobierno chino: construir un país rico y un ejército fuerte (rich country, strong army).

Durante la Segunda Guerra Mundial, China fue aliada de Estados Unidos y Gran Bretaña. Combatió junto a Franklin Roosevelt y Winston Churchill contra Japón y, posteriormente, fue uno de los países fundadores de las Naciones Unidas. Sin embargo, menos de veinte años después, la Revolución Comunista modificó completamente su rumbo político y estratégico. Con el paso del tiempo, China volvió a reinventarse.

Las reformas económicas iniciadas a finales de los años setenta permitieron la apertura al mercado sin abandonar el control político del Partido Comunista.

Durante los años ochenta y noventa, la relación con Estados Unidos fue relativamente estable. Incluso en 1998, el presidente Bill Clinton sostuvo un debate televisado con el entonces presidente chino Jiang Zemin sobre democracia y derechos humanos, algo que hoy resulta impensable.

La llegada de Xi Jinping marcó un cambio de época. El espacio para el debate interno prácticamente desapareció, los medios críticos fueron cerrados y el partido consolidó un control mucho mayor sobre todos los sectores de la sociedad.

Mientras endurecía el control político, China aceleró su desarrollo económico.

Hoy posee la segunda economía más grande del mundo, se ha convertido en una potencia científica y tecnológica y es uno de los principales centros mundiales de innovación.

Además, dejó de ser el país que simplemente copiaba productos extranjeros para convertirse en un competidor capaz de desarrollar Inteligencia Artificial, energías renovables, telecomunicaciones, vehículos eléctricos y tecnologías avanzadas.

Su estrategia también cambió. Ya no busca únicamente fabricar barato. Busca dominar las industrias que definirán la economía del siglo XXI.

El programa Made in China 2025 fue diseñado precisamente para reducir la dependencia tecnológica del exterior y convertir al país en líder en sectores estratégicos como los semiconductores, la robótica, la Inteligencia Artificial y los vehículos eléctricos.

Los semiconductores se han convertido en el petróleo del siglo XXI. Están presentes en teléfonos celulares, Inteligencia Artificial, supercomputadoras, misiles, aviones de combate y prácticamente cualquier tecnología moderna. Por ello, la competencia entre Estados Unidos y China ya no gira únicamente alrededor del comercio, sino del control de las tecnologías críticas.

Precisamente ahí nació la guerra comercial entre ambos países. Con una desventaja enorme, a diferencia de las democracias, donde existen mayores controles laborales y sociales, en China, el Estado puede priorizar los objetivos económicos sobre los derechos de los trabajadores.

Largas jornadas de trabajo, poco descanso para los trabajadores, el control gubernamental y las limitadas libertades hacen que, en China, el trabajo humano sea casi esclavo.

Cuando Donald Trump llegó a la Casa Blanca en 2017, sostuvo que China llevaba años beneficiándose de reglas comerciales que le permitían exportar masivamente a Estados Unidos mientras protegía su propio mercado, subsidiaba industrias estratégicas y obligaba a muchas empresas extranjeras a transferir tecnología para poder operar en territorio chino. Su administración respondió imponiendo aranceles a cientos de miles de millones de dólares en productos chinos. Lejos de revertirse, esa política continuó durante la administración de Joe Biden.

Aunque cambió el tono diplomático, Washington mantuvo buena parte de las restricciones comerciales y amplió los controles sobre la exportación de tecnología avanzada hacia China, particularmente en materia de semiconductores, equipos para fabricar chips e Inteligencia Artificial. La lógica dejó de ser únicamente económica y pasó a ser también una cuestión de seguridad nacional.

La razón es sencilla: los mismos chips que permiten desarrollar Inteligencia Artificial también sirven para fabricar sistemas militares avanzados, satélites, misiles, aviones de combate y supercomputadoras.

Por eso Estados Unidos ha restringido la venta de los procesadores más avanzados de empresas como NVIDIA y de maquinaria especializada para fabricar semiconductores.

El objetivo es evitar que esa tecnología fortalezca las capacidades militares del gobierno chino. La diferencia es que China puede competir utilizando herramientas que muchas democracias simplemente no tienen.

El Estado subsidia industrias completas, financia empresas durante años aunque no generen utilidades, dirige enormes cantidades de recursos hacia sectores considerados estratégicos y puede mantener políticas industriales durante décadas sin depender de cambios de gobierno o ciclos electorales.

En muchas ocasiones resulta difícil distinguir dónde termina una empresa privada y dónde comienza el Estado. Esa capacidad de coordinación permite que industrias como la de vehículos eléctricos, paneles solares o baterías crezcan a una velocidad muy superior a la de sus competidores occidentales. Incluso cuando existe sobreproducción, muchas empresas siguen operando gracias al respaldo gubernamental, lo que les permite vender en los mercados internacionales a precios con los que resulta muy difícil competir.

Hasta los ahorros de los trabajadores los utiliza el gobierno chino para invertir en sus proyectos. Además, los derechos humanos son muy limitados.

Al mismo tiempo, Beijing busca ampliar su influencia mucho más allá de Asia. Ha incrementado de manera sostenida su presupuesto militar, construye una de las flotas navales más grandes del mundo, invierte en infraestructura estratégica en África y otras regiones y aspira a convertirse en la principal potencia del Indo-Pacífico.

Su modelo político, el control de la información, la vigilancia permanente y la falta de libertades en el país generan desconfianza en muchas democracias.

Hoy la competencia entre Estados Unidos y China ya no puede entenderse como una simple disputa por el comercio. Es una competencia por el liderazgo tecnológico, económico, militar y geopolítico del siglo XXI. Quien controle los chips, la Inteligencia Artificial, las cadenas de suministro, las energías limpias y las tecnologías estratégicas tendrá una ventaja decisiva durante las próximas décadas. Y por eso Washington y Beijing libran hoy una guerra comercial que, en realidad, es mucho más que una guerra comercial.

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