EL ESPEJO

Los tres no amigos

Leonardo Núñez González. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

El T-MEC no se rompió. Pero Estados Unidos acaba de convertirlo en una fuente de incertidumbre que volverá cada año. La decisión de Washington de no extender el acuerdo comercial no equivale a su cancelación.

El tratado seguirá vigente hasta 2036 y las reglas para comerciar, producir e invertir permanecen en pie. Sin embargo, la cláusula que debía darle otros 16 años de vida quedó sin activar. En adelante habrá una revisión anual, con la amenaza constante de que el acuerdo termine al cumplirse la década.

No es un detalle técnico. Las grandes inversiones no se toman pensando en el próximo trimestre, sino en cadenas de suministro que requieren años para construirse. Una planta, sus proveedores, trabajadores especializados, carreteras y contratos no aparecen por generación espontánea. La duda sobre las reglas de acceso al mercado estadounidense puede no frenar mañana un camión en la frontera, pero sí detener la decisión de construir la siguiente fábrica.

Durante décadas, la izquierda mexicana tuvo razones para mirar con suspicacia al Tratado de Libre Comercio de América del Norte. El tratado no eliminó la desigualdad, mantuvo regiones enteras dependientes de salarios bajos y dejó pendiente el reto de crear más contenido nacional. Pero también transformó sectores completos de la economía. La industria automotriz mexicana pasó de ser maquila a integrarse en una red continental de autopartes, diseño y manufactura. México es hoy el quinto productor mundial de autopartes y su industria aeroespacial pasó de 100 empresas en 2004 a más de 360 dos décadas después. Nada de esto cayó del cielo, se edificó sobre reglas estables para vender, importar y asociarse al norte de la frontera.

El acuerdo no sustituyó esas tareas. México aún tiene graves problemas de energía, seguridad, capacitación técnica, reglas internas que den confianza y Estado de derecho. Pero sin certidumbre comercial, cualquier política industrial empieza la carrera con una piedra amarrada al tobillo. Por eso era previsible que Donald Trump usara la revisión como una palanca para torcerle el brazo a nuestro país. Su visión comercial no busca fortalecer una región, sino traer producción a Estados Unidos y tratar los déficits como una derrota nacional. Ya lo había hecho con los aranceles sectoriales y con exigencias para endurecer las reglas de origen. Mantener cada año la posibilidad de terminar el T-MEC es otra manera de negociar con la pistola sobre la mesa.

También muestra que la cooperación norteamericana es más estrecha en los discursos que en los hechos. El Mundial de fútbol ha servido para vender la imagen de tres países anfitriones y una región unida por estadios, patrocinios y camisetas. Fuera de la cancha, cada gobierno avanza por su cuenta. Canadá enfrenta sus propias peleas arancelarias con Washington; México negocia bilateralmente bajo la presión de la frontera, la seguridad y la inversión; Estados Unidos prefiere que sus socios compitan por demostrar quién cede más.

El riesgo no es que mañana desaparezca el comercio. El riesgo es que, durante 10 años, las empresas y los gobiernos actúen como si pudiera desaparecer. Y que al final se reemplace el tratado por acuerdos bilaterales. Para México sería una pésima noticia, perdería la cobertura de una regla común, la posibilidad de coordinarse con Canadá y cualquier margen frente al poder de Estados Unidos. En el Mundial compartimos la organización de un torneo global, pero en la economía, por ahora, somos tres no amigos.

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