Durante la última década, el líder máximo del Partido Republicano en Estados Unidos, el presidente Donald Trump, ha consumado una mutación discursiva en la derecha estadounidense, de la mayor relevancia. Hasta el fin de la Guerra Fría, la mayoría de los líderes de ese partido, desde Richard Nixon hasta George H. Bush, pasando desde luego por Ronald Reagan, entendió el comunismo como la corriente política que promovían la Unión Soviética y sus aliados en Europa del Este.
Ni siquiera China formó siempre parte de esa identidad comunista, según los líderes republicanos de la Guerra Fría. Nixon y Reagan, por ejemplo, pensaban que la apertura de China al mercado, entre los años 70 y 80, había producido una flexibilización geopolítica del gran país asiático, que lo colocaba en una posición estratégica diferente, merecedora de un tratamiento muy distinto al que Washington daba a Moscú y al bloque soviético.
Antes, en el periodo macartista de los años 50, hubo una tendencia dentro de Estados Unidos a asociar cualquier movimiento de izquierda con una proyección o máscara del comunismo. Lo que ha producido el trumpismo en la última década es algo equivalente, pero más amplificado, porque se produce desde la jefatura del partido y desde la Casa Blanca. Joseph McCarthy no pasó de senador por Wisconsin y, en 1954, su propio partido y el presidente, Dwight Eisenhower, le dieron la espalda.
Trump, en cambio, lleva a su máxima expresión la sinonimia entre el Partido Demócrata y el comunismo internacional. Pero lo hace en un momento en que, como fuerza política global, la izquierda no es mayoritariamente comunista. La corriente socialista dentro del Partido Demócrata (Bernie Sanders, Alexandria Ocasio-Cortez, Brad Lander, Zohran Mamdani…) ha ganado posiciones en los últimos años, pero está muy lejos de cualquier hegemonía dentro de ese partido. Los referentes más claros de esa izquierda provienen de la socialdemocracia europea, una tendencia rechazada tradicionalmente por los comunistas.
El miedo al comunismo de la nueva derecha estadounidense —a diferencia de la latinoamericana, que suele confundir comunismo y populismo— está dirigido centralmente contra la línea predominante del Partido Demócrata, que es, en resumidas cuentas, liberal. Lo que moviliza esa asociación artificial de los demócratas con el comunismo no tiene nada que ver con algún proyecto de vuelta a la planificación central de la economía, al partido comunista único, al ateísmo o a la ideología marxista-leninista.
Mucho más peso tienen, en esa identificación forzada, políticas concretas de los demócratas, que Trump rechaza, como el libre comercio, el ADN migratorio de Estados Unidos, la promoción de la democracia o la filosofía de los derechos humanos. Al final, el comunismo, según Trump, no es más que el liberalismo, eso que, en la nueva correlación de fuerzas, se llama socialdemocracia en Europa o progresismo en América Latina.
El nudo interminable
