ACORDES INTERNACIONALES

Veinte días

Valeria López Vela. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Valeria López Vela. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

Veinte días. Eso es lo que ha tardado el memorándum entre Washington y Teherán en pasar de promesa histórica a ejercicio de ficción diplomática. No está formalmente muerto —nadie ha firmado su acta de defunción— pero ha entrado en esa fase peor que la muerte: el incumplimiento armado, la mentira sostenida por pura inercia.

El escenario es el de siempre: Ormuz. Esta madrugada tres buques comerciales fueron atacados en un arco que va de Musandam a Jor Fakkan, rozando las aguas omaníes que Washington promovía como ruta alternativa al corredor que Irán quiere controlar. No se trata de una casualidad geográfica, son estrictamente las coordenadas de la nueva geopolítica. Teherán no busca cerrar el estrecho —lo necesita abierto tanto como sus vecinos— sino decidir quién lo cruza y por dónde. El mensaje a los armadores es que deben navegar por donde Irán dice, o asumir el riesgo. Así, la navegación sigue abierta, pero reducida a una fracción de su volumen histórico.

La respuesta llegó horas después: bombardeos estadounidenses contra Sirik, Bandar Abbas y Qeshm, el corazón del sistema iraní de vigilancia y control de acceso al estrecho. Washington golpeó la infraestructura que permite a Irán ver, apuntar y disparar; todavía no ha tocado los símbolos del poder político en Teherán. Es una escalada calibrada que ocurre mientras el país entierra a Ali Jamenei en un funeral que se prolonga por días y que el régimen usa para simular una cohesión que Reuters describe fracturada por dentro. El sucesor, Mojtaba, sigue sin aparecer en público. Un liderazgo que no puede mostrar su cara difícilmente sostiene con autoridad la firma de un acuerdo.

Y sin embargo, lo más grave de este episodio no es militar sino lo que le hizo a las alianzas. Washington revocó la licencia que permitía a Irán vender petróleo, uno de los pocos beneficios tangibles que el memorándum ofrecía a Teherán. Ese mismo acuerdo ya había costado algo más difícil de recuperar: la confianza de Israel, que vio negociable una relación que consideraba existencial. Beirut, mientras tanto, languidece en su propia guerra de baja intensidad, prueba de que ningún alto al fuego en la región es más que una tregua administrada.

Conviene recordar a Avishai Margalit. En On Betrayal, el filósofo israelí sostuvo que la traición no habita en la moral abstracta, sino en los vínculos densos —familia, comunidad, alianza— que dan sentido de pertenencia. Duele no porque viole una norma, sino porque rompe un lazo que se daba por incondicional. El problema no es solo que Washington pactó con Teherán. Es que, al hacerlo, convirtió en negociable algo que Jerusalén asumía sagrado.

Trump apostó la confianza de un aliado histórico para comprar la disciplina de un adversario. Veinte días después, el mercado petrolero tiembla, los buques evitan Ormuz, y ninguna de las dos cosas parece seguir en su poder. Ese es el precio real de una paz que nunca llegó a serlo: no la guerra que continúa, sino la confianza que no volverá.

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