Han pasado cuatro días desde que la Selección de México quedó dramáticamente eliminada del Mundial, al tiempo que nuestro país albergó su último partido como sede del torneo.
Si bien la derrota aún cala, toca ahora la todavía más difícil labor de evaluar con qué nos quedamos, tras haber sido una de las tres naciones anfitrionas.
La tónica de los meses y semanas previas a que iniciara la competición giró en torno a si estábamos listos o no para recibirla. Obras de transporte e infraestructura entregadas a las prisas y otras tantas inconclusas, fueron el común denominador, complementado por una enorme tensión política provocada por la presión de diversos gremios y colectivos, que encontraron en los reflectores del Mundial la mejor oportunidad para exigir prebendas, plantear demandas o simplemente visibilizar causas —lo que se tradujo en bloqueos y marchas de diversa índole—.

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Desde entonces, fue más que evidente que la labor de las autoridades de los diversos niveles de gobierno, involucradas directa o indirectamente en los preparativos del Mundial quedó muy por debajo de lo que se requería. Privilegiaron los reflectores con fines electoreros, por encima de la oportunidad real de poner a México en un escaparate ante el mundo, y de la necesidad de dar mantenimiento y llevar a cabo las obras de infraestructura y transporte requeridas, para albergar un evento de esta envergadura.
Comenzó el Mundial y en las poco más de tres semanas que —para todo fin práctico— duró la justa en nuestro país, todo lo anterior pasó a un lejano segundo término —muy a pesar de la mediocre labor de nuestros gobernantes—. La algarabía vivida durante esos días en los estadios sede y en cuanta plaza o espacio público existente a lo largo y ancho del territorio, no tuvo precedentes. Por unos instantes, los enormes problemas que aquejan diariamente a nuestra sociedad, definitivamente no se solucionaron, pero —al menos— entraron en una pausa de alivio momentáneo que funcionó como una muy necesaria válvula de escape, traducida en unión singular, euforia desmedida, picardía inigualable e ilusión infinita.
Sin embargo, un momento de tal éxtasis inevitablemente viene sucedido de la depresión y el desánimo de tener que volver al estado natural de las cosas, y enfrentar la realidad habitual y el legado del Mundial. Éste es el momento en el que nos encontramos como sociedad y en el que también se encuentran nuestros gobernantes.
En cuanto a obras públicas y de mantenimiento, toca revisar qué fue lo que se entregó —contrastar lo que se prometió y lo que realmente se hizo—, bajo qué condiciones y la verdadera funcionalidad que tendrán en adelante. También habrá que analizar las cifras relacionadas con el impacto económico generado por el evento —el corte de la industria hotelera, por ejemplo, arroja resultados preliminares muy por debajo de lo que se había pronosticado—. Y no menos importante, evaluar cómo quedó parado México ante el mundo, de cara a futuros eventos y como atrayente de inversión.
Mención aparte merecen los enormes problemas del país, que no se han ido a ningún lado: combate al crimen organizado, desapariciones forzadas, relación con Estados Unidos, T-MEC, exculpación de Rocha Moya y nuevo rumbo del caso Mayo Zambada.
En fin, fue bueno mientras duró, pero estamos ya de vuelta —como diría el clásico— en el mismo lugar y con la misma gente.

La olla exprés

