BRÚJULA ECONÓMICA

Revisión anticipada: un nuevo T-MEC

Arturo Vieyra<br>*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.<br>&nbsp;<br>
Arturo Vieyra*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.  Foto: larazondemexico

La decisión de México y Estados Unidos de adelantar la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) inicia en un contexto de creciente proteccionismo, marcado por los nuevos aranceles impulsados por la administración de Donald Trump y por un cambio de paradigma en la política comercial estadounidense, donde la seguridad nacional, la política industrial y la competencia tecnológica han desplazado al libre comercio como ejes de la integración económica.

Durante tres décadas, la apertura comercial convirtió a México en una de las principales plataformas manufactureras del mundo. Hoy, alrededor del 84% de las exportaciones mexicanas tienen como destino Estados Unidos y el comercio bilateral supera los 900 mil millones de dólares anuales, mientras que más de la mitad de la inversión extranjera directa proviene de empresas estadounidenses. Estas cifras reflejan una integración productiva difícil de sustituir, pero también una elevada dependencia del mercado estadounidense.

La revisión del T-MEC no parece orientarse a cuestionar la continuidad del tratado, sino a redefinir las reglas bajo las cuales operará la producción regional. Estados Unidos busca reducir la dependencia de insumos asiáticos, fortalecer las cadenas de suministro de Norteamérica y elevar el contenido regional, particularmente estadounidense, en sectores estratégicos como el automotriz, la electrónica, los semiconductores y la industria farmacéutica.

Para México, el escenario combina riesgos y oportunidades. Los aranceles de 25% al sector automotriz y de 50% al acero, aluminio y cobre han elevado los costos para diversas industrias. Sin embargo, las exportaciones que cumplen con las reglas de origen del T-MEC continúan ingresando libres de arancel al mercado estadounidense, una ventaja de la que hoy carecen la mayoría de los competidores globales.

La principal fortaleza de México sigue siendo su plataforma manufacturera. El país no compite con Estados Unidos por el tamaño de su economía, sino por sus menores costos de producción, una fuerza laboral especializada y una ubicación geográfica que permite abastecer al mercado estadounidense en cuestión de horas. No obstante, esas ventajas ya no son suficientes. La competitividad dependerá cada vez menos del costo de ensamblar y más de la capacidad para incorporar mayor contenido regional y desarrollar cadenas de proveeduría dentro de Norteamérica.

Esto abre oportunidades para fortalecer proveedores nacionales en industrias como autopartes, dispositivos médicos, electrónica y farmacéutica, siempre que México logre elevar su productividad, infraestructura y capacidad tecnológica.

El verdadero reto no se resolverá únicamente en la mesa de negociación. Diversificar mercados, desarrollar proveedores nacionales, fortalecer la infraestructura logística, garantizar un suministro energético competitivo y ofrecer mayor certeza jurídica serán tan importantes como preservar el acceso preferencial al mercado estadounidense. En un entorno donde la geopolítica condiciona cada vez más las decisiones de inversión, la ventaja competitiva recaerá en los países capaces de ofrecer productividad, resiliencia y estabilidad institucional.

La revisión anticipada del T-MEC confirma que la globalización ha cambiado de naturaleza. El tratado evolucionará de un instrumento de liberalización comercial a un mecanismo de política industrial para fortalecer la competitividad de Norteamérica. Para México, el desafío será consolidarse como un socio estratégico indispensable dentro de la nueva arquitectura productiva regional.

En este contexto, varios de los objetivos que previsiblemente dominarán la revisión del T-MEC ya están contemplados en el Plan México de la Presidenta Claudia Sheinbaum. La estrategia busca elevar el contenido nacional de las exportaciones, fortalecer las cadenas de proveeduría, atraer inversiones estratégicas y ampliar la infraestructura logística y energética. Si estos objetivos se traducen en mayor inversión, productividad e innovación, México estará en mejores condiciones para cumplir las nuevas exigencias del tratado y consolidarse como el principal centro manufacturero de Norteamérica.

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