La autora de Una falsa diarista no se llama Silvia, sino Sylvia, como la poeta Plath, que late en los dedos al leer esta novela.
Deprimida, la protagonista empieza un diario. Es narradora, mexicana, bisexual, profesora universitaria en Estados Unidos. Hace años conoció a Gran Escritor. La habían contratado para ser figurante a su lado: transportarlo, sonreír, atenderlo. Contra el pronóstico, el invitado fue encantador. Bebieron, hablaron de libros favoritos. Se gustaron. Él la invitó a ir juntos a las montañas, para escribir. Acelero la historia: ella deja todo por esa relación. Tras casarse viven en un pueblo gringo donde enseñan, mientras él desarrolla “una novela y yo, un diario de la tristeza”. La voz narrativa pierde su antiguo nombre, sin acostumbrarse al nuevo, como en “Lección de cocina”, de Rosario Castellanos.
Espejeo: la protagonista conoce a Gran Escritor más o menos a la edad en que Plath se topa con Ted Hughes. Ambos autores venerados desdeñan la escritura de sus parejas. [Nota mental: Ellas son mucho más jóvenes].

• Transparencia tras accidente mortal
El libro da saltos entre la vida cotidiana de la maestra, fragmentos de su diario infantil, el vacío larvado entre pecho y espalda, correos de una amiga, pleitos con Gran Escritor y referencias de autoras que exploraron la memoria por escrito: Pizarnik, Sontag, Puga, Yourcenar, Vilariño, Woolf, Ernaux, Wilms Montt.
Espejeo: ella transcribe diarios. Éste es de Plath: “Chicas, chicas por todas partes, leyendo libros [...] Caras concentradas [...] Y yo sintiéndome aquí sin identidad: sin rostro. [...] Sé que en la casa está mi habitación, llena de mi presencia”. La personaja reescribe con variaciones: “Mujeres, mujeres por todas partes, escribiendo diarios. Caras concentradas [...] Y yo sin identidad: sin rostro. [...]”. En un giro libertario cambia la última frase: “Sé que en la casa tengo una habitación, ¿dónde está mi presencia?”. La paráfrasis cala.
Esta novela es sobre diarios, entre diarios, desde un diario. Sobre todo, esto último. Pero corrijo: no es novela, sino dispositivo poliédrico que incluye narrativa, ensayo, cita, verso, bibliografía, metaficción. Aparecen amigas cercanas, que a veces cargan a alguna de ellas. Por otro lado están quienes hablan en negritas o subrayan el discurso para vestirlo de importante; el juego tipográfico los desnuda a golpe de vista.
Espejeo: Plath dice que nunca escribe como quisiera. Como desearía. La protagonista señala: “Primero me pareció terrible, pero al pensarlo más me pareció muy bello, esperanzador incluso”, admite la voz narrativa. [Nota mental: A las mujeres nos taladran desde niñas la autoexigencia, por eso es frecuente sentirnos impostoras].
En Una falsa diarista, Sylvia (no Silvia) Aguilar Zéleny desgrana con solvencia la vulnerabilidad de quien tiene por oficio salirse de sí a través de la escritura. Vaciarse en palabras. Y también celebra ese oficio contiguo, el de leer, tan benevolente. Encuentro bellísimo que existan personas “farmacéuticas de libros”: recetan el indicado para sanar un dolor o exponenciar un gusto. Qué osadía, pensar la literatura de ese modo.

El examen

