La relación económica entre México y Estados Unidos se parece a una carrera de tres piernas: para avanzar, deben coordinar el paso. Durante más de treinta años se han atado mediante fábricas, inversiones y cadenas de suministro. Cuando uno avanza, el otro también; cuando uno tropieza, ambos pierden el equilibrio. Pero Donald Trump parece dispuesto a cortar la cinta y caer con tal de cruzar la meta, aunque llegue solo.
En México solemos escuchar que Trump no puede acabar con el T-MEC porque también perjudicaría a Estados Unidos. Sin embargo, desde hace un año he advertido en éste y otros espacios que el acuerdo se tambalea. El ego, las elecciones intermedias y su obsesión por reducir el déficit comercial con México podrían llevarlo a sacrificar a su compañero, aunque pierda la pierna que necesita para competir.
El 1 de julio, México y Canadá estaban dispuestos a extender el T-MEC otros 16 años. Estados Unidos se negó. El tratado seguirá vigente y será revisado anualmente hasta que sea renovado o expire en 2036. Washington convirtió la certidumbre comercial en una negociación permanente.

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Las rondas tampoco han producido el acuerdo esperado. Siguen abiertas las diferencias sobre automóviles, reglas de origen, metales, condiciones laborales e inversiones chinas. Jamieson Greer, representante comercial estadounidense, reconoció que los asuntos más complejos podrían prolongarse hasta 2027. Su visita refleja la presión para obtener concesiones; que Sheinbaum lo recibiera revela cuánto nos preocupa el acuerdo: 83 por ciento de nuestras exportaciones va a Estados Unidos.
Trump ha sesgado la negociación comercial con el fentanilo, la seguridad fronteriza y el tratado de aguas como una estrategia para ejercer presión. México debe ceder en otras pistas para conservar su lugar en ésta. A cambio de retirar amenazas y aranceles, Washington exige concesiones comerciales.
Además, la negociación ya no es trilateral. Washington hace rondas por separado y busca un arreglo provisional con México y otro con Canadá. Eso no sustituye al T-MEC por dos tratados bilaterales, pero debilita su lógica: tres economías bajo reglas comunes y dos socios capaces de hacer contrapeso a Washington. Trump prefiere enfrentarlos por separado.
Los especialistas no consideran probable la desaparición del tratado, la integración es profunda y una ruptura dañaría también a EU. Pero improbable no significa imposible. Trump cuestiona el acuerdo que presentó como el mejor de la historia y prioriza el déficit y la relocalización de empleos, aunque eleve los costos en su propio país.
México no debe anunciar anticipadamente la muerte del T-MEC, pero tampoco asumir que la interdependencia garantiza su supervivencia. El tratado continúa vivo, aunque ya no seguro. Trump quizá no quiera romper la banda que une a las piernas: le resulta más útil tensarla, obligarnos a seguir su paso y hacernos negociar cada año el derecho a permanecer atados. El peligro es que, obsesionado con ganar, termine derribando a su compañero y descubra, demasiado tarde, que en una carrera de tres piernas nadie cruza la meta sin el otro.

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