VOCES DE LEVANTE Y OCCIDENTE

El pueblo de Irán: acorralado

Gabriel Morales Sod<br>*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.<br>
Gabriel Morales Sod*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: larazondemexico

El régimen iraní ha salido fortalecido de la guerra, mostrando su capacidad de adaptación y supervivencia incluso frente al ataque masivo del país más poderoso del mundo. El funeral del Ayatola Jamenei, celebrado a principios de julio, fue una muestra de la fortaleza de la teocracia. Cientos de miles de iraníes pidieron revancha por la muerte de su líder y llamaron al gobierno a no doblegarse ante Washington. Aunque esta masa ferviente es una verdadera fuerza política, representa sin embargo a una minoría del pueblo iraní.

Sólo hace pocos meses, millones de ciudadanos salieron a la calle desafiando fuertemente la estabilidad del régimen; sólo una masacre despiadada pudo detener las protestas. La energía, el movimiento, las protestas, la acción han desaparecido del foro público; sin embargo, una gran mayoría en Irán detesta al régimen, y todo el país está hundido en la peor de sus crisis, con una inflación que supera 60 por ciento anual y precios de alimentos que prácticamente se han duplicado.

No puedo imaginar otro sentimiento entre la población que una profunda desesperanza. Las protestas más significativas desde la instauración del régimen en 1979 no pudieron derribarlo. La guerra y la decapitación de sus líderes tampoco. Si bien es posible que al inicio de la guerra algunos sectores de la población hubieran estado silenciosamente a su favor, conforme fue quedando claro que el régimen sobreviviría, y sobre todo cuando Estados Unidos e Israel comenzaron a atacar infraestructura civil, el pueblo iraní, aunque no a favor de su régimen, se unió en su oposición a la guerra.

Parece que nada podrá detener al reino de los ayatolas. A pesar de que millones protestaron en Irán, esto no empujó ninguna escisión dentro de las fuerzas armadas, las guardias revolucionarias o el liderazgo político del país. Parece ser que sólo una fractura desde dentro podría poner fin al régimen.

Este es precisamente su punto débil. Desde que inició la guerra, dos grandes facciones dentro del régimen han pujado por el control. Un ala relativamente más moderada, aunque profundamente conservadora, que piensa, creo yo con razón, que en este momento, donde Irán tiene la mano alta en el estrecho de Ormuz, es el momento de cerrar un buen acuerdo con Trump.

Otra ala, ultraconservadora, piensa al contrario que no se debe hacer ninguna concesión y que la guerra debe continuar. Militares vinculados a esta facción han disparado en ocasiones contra blancos en el Medio Oriente sin la autorización del ala política del régimen.

Tristemente, esta es la única luz que les queda a los iraníes por el momento: esperar que la guerra y sus secuelas desestabilicen al régimen, y que una pugna interna abra alguna clase de ventana para el cambio.

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Javier Solórzano Zinser │ *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón

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