LA ÚLTIMA Y NOS VAMOS

¿Quién decide qué decir?

Daniel Santos Flores. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Daniel Santos Flores. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: Especial

Cada vez que alguien propone regular las redes sociales, el tema viene envuelto en buenas intenciones. Que si es para combatir el odio, que si es para frenar las noticias falsas, que si es para proteger a los menores, que si es para evitar campañas de desinformación. Todo suena bien bonito, hasta que uno se acuerda de algo muy simple: el poder nunca se conforma con tener más herramientas, siempre quiere una más. Hoy dicen que sólo buscan poner orden, mañana alguien decidirá qué información merece circular y cuál debe desaparecer. Así empiezan casi todas las historias en las que la libertad termina convertida en un sueño.

No nos hagamos, las redes sociales son incómodas para el poder porque le quitaron el control de la conversación. Antes unos poquitos decidían qué era noticia y qué no. Hoy, cualquier ciudadano con un teléfono puede exponer un abuso, documentar un acto de corrupción o desmentir una versión oficial en cosa de segundos. Claro que también circulan mentiras, montajes y campañas sucias, pero eso no nació con Facebook, con X o con TikTok. La propaganda existe desde mucho antes de que existiera Internet. La diferencia es que ahora cualquiera puede responderle al poderoso, y eso es algo que simplemente no todos soportan.

El verdadero riesgo aparece cuando el gobierno, sin importar de qué partido sea, quiere convertirse al mismo tiempo en borracho y cantinero. Porque una cosa es perseguir delitos ya previstos en la ley, como la extorsión, la pornografía infantil o las amenazas, y otra muy distinta es abrir la puerta para que alguien decida qué opinión es aceptable y cuál no. Ningún gobierno debería tener esa facultad. Hoy puede parecer una buena idea porque el que está enfrente piensa distinto a nosotros. El problema es que los gobiernos cambian, las leyes permanecen y las herramientas que hoy aplaudimos mañana pueden terminar apuntando hacia nosotros.

La democracia nunca ha sido un espacio cómodo. Está llena de exageraciones, de críticas injustas, de insultos y hasta de mentiras. Pero también está llena de debates, de denuncias y de ciudadanos que encontraron en las redes sociales el único lugar donde podían ser escuchados. Quien quiera defender la libertad de expresión tiene que hacerlo incluso cuando le incomoda lo que otros dicen. De lo contrario, no está defendiendo una libertad; está defendiendo únicamente su derecho a hablar mientras los demás guardan silencio.

La última…

El problema nunca ha sido que la gente tenga voz. El verdadero problema empieza cuando alguien se convence de que tiene derecho a apagar el micrófono de los demás. Ahí es donde la censura deja de parecer un discurso y se convierte en una realidad.

… y nos vamos.

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Javier Solórzano Zinser │ *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón

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