El pasado 8 de agosto, el Club América Femenil venció 10-0 a Cruz Azul Femenil. El marcador duele deportivamente, sí. Pero lo verdaderamente indignante no fue la derrota, sino lo que vino después.
En lugar de un análisis táctico, una crítica al proyecto deportivo o una exigencia a la directiva, lo que recibió el primer equipo femenil fueron ataques misóginos. Los creadores del pódcast Pláticas del Mal inician una ola de violencia digital con frases como: “Respeten los colores, que para eso les pagan... poquito y con vales de despensa”; “deberían mandarlas a un table dance”; “si quieren ganar lana, que se hagan un OnlyFans”; o “un ratito en una fonda no les caería mal”.
No son chistes. No son “críticas deportivas” pasadas de tono. Es violencia de género.

• Que se van a tribunales
Haciendo lo que el machismo ha hecho históricamente con las mujeres que ocupan espacios públicos: negarles su calidad de profesionales. Se les reduce a un cuerpo, a un objeto sexual. Se les dice que su valor no radica en su talento, en sus horas de entrenamiento o en su disciplina, sino en cuánto pueden satisfacer la mirada masculina.
Cabe preguntarse: ¿cuando un equipo varonil pierde por goleada se le sugiere abrir un OnlyFans o irse a trabajar a una fonda? Nunca. Cuando ellos pierden, se cuestiona al técnico, a la directiva o al sistema deportivo. Cuando ellas pierden, se cuestiona su derecho a existir en la cancha.
Y ésa es la trampa del sistema patriarcal en el deporte. Un 10-0 genera preguntas legítimas: ¿hay inversión suficiente?, ¿condiciones dignas para competir?, ¿un proyecto deportivo sólido? Sin embargo, el machismo desvía la conversación hacia los cuerpos de las jugadoras y no hacia las estructuras.
Hay que decirlo: muchas futbolistas siguen enfrentando salarios precarios, falta de infraestructura y oportunidades limitadas de desarrollo. Ésa también es una forma de violencia, y mientras esta realidad permanece invisibilizada, también se ignora otro dato importante: en ese mismo torneo otro equipo femenil ganó 10-0. Eso demuestra que existe talento, capacidad competitiva y un nivel deportivo cada vez más alto.
Este caso no se trata únicamente de dos podcasters que ejercen la violencia, existe también una responsabilidad de las plataformas que monetizan el odio, de los medios que amplifican discursos discriminatorios y de una audiencia que muchas veces consume y normaliza estos contenidos.
Si queremos que el futbol femenil crezca, no necesitamos que las manden a un table dance. Necesitamos salarios dignos, protocolos efectivos contra la violencia de género y clubes y de la Liga MX Femenil, aliados en proteger a sus jugadoras.
El marcador fue 10-0. Pero la verdadera derrota será si seguimos normalizando la violencia machista disfrazada de humor. Hay que denunciar, cuestionar y exigir espacios deportivos libres de violencia. Porque el futbol femenil no necesita tolerancia, necesita respeto. Y cada vez que defendemos el derecho de las mujeres a competir en igualdad de condiciones, estamos goleando al patriarcado.

¿Para cuánto alcanza defenderlo?

