MARCAJE PERSONAL

Daniel Ortega, un Stalin tropical

Julián Andrade<br>*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.<br>
Julián Andrade*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: larazondemexico

La revolución en Nicaragua suscitó esperanza en amplias franjas de la izquierda e inclusive de corrientes democráticas y liberales. En julio de 1979, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) echó del poder al dictador Anastasio Somoza.

En México había efervescencia alrededor de ese acontecimiento, porque, además, sumaba un componente interesante: la participación de comunidades de base y de religiosos comprometidos con el cambio social como el sacerdote Ernesto Cardenal, quien se convertiría en ministro de Cultura.

El gobierno del presidente José López Portillo apoyó al FSLN en todo lo que se pudo, desatando el enojo de la Casa Blanca. El objetivo era respaldar opciones distintas a las de las dictaduras militares que se habían expandido por todo el continente.

Óscar Chávez lanzó el disco Nicaragua Vencerá, cuya carátula diseñó e ilustró Naranjo. Visto con retrospectiva, aquel momento se convertiría en parte de la memoria sentimental de aquellos años, todavía impregnados por la Guerra Fría.

A finales de los ochenta, el Consejo Estudiantil Universitario (CEU) envió una misión de estudiantes para solidarizarse con los revolucionarios nicas.

Casi cinco décadas después, las cosas están mucho peor que en los años setenta en Nicaragua, y uno de los líderes sandinistas se convirtió en un déspota más ruin que el dictador que ayudó a derrocar.

Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo gobiernan el país centroamericano con mano de hierro y hacen palidecer los momentos más oscuros del somozismo.

El próximo 17 de septiembre se debatirá en la OEA sobre la situación de Nicaragua. Hay consenso —con la excepción de México y de Brasil— de que se tienen que tomar medidas para que termine el estado policial y para que se establezca una ruta que recobre la democracia.

Todo es cuesta arriba, porque Ortega de plano canceló las elecciones y proscribió, por adelantado, a cualquier oposición, caracterizándola de extranjerizante.

La prensa está en el exilio, porque no existe la libertad de expresión y las opiniones pueden ser castigadas con la cárcel bajo la Ley de Ciberdelitos, que en realidad es una mordaza.

El dictador ejecutó otra medida funesta al despojar de la nacionalidad a 300 de sus compatriotas, entre ellos Sergio Ramírez, quien fue vicepresidente de Nicaragua, y en la actualidad es uno de los escritores más reconocidos, galardonado con el Premio Cervantes de Literatura.

También se quedaron sin pasaporte la poeta Gioconda Belli, apenas galardonada en el FIL de Literatura y Lenguas Romances, y el periodista Carlos F. Chamorro.

El pretexto de la intromisión extranjera ha funcionado como uno de los resortes represivos del régimen.

Pasadas las décadas, valdría la pena analizar dónde estuvo el extravío que no permitió aquilatar el daño que podían causar personajes como Ortega.

Formado en el traqueteo de las guerrillas, supo aprovechar en todo momento las coyunturas que lo fueron catapultando a la cima del poder, traicionando todo lo que alguna vez enarboló para transformarse en un Stalin tropical.

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