ANTINOMIAS

La justicia por el asesinato de Tupac Shakur llega 30 años después

Antonio Fernández. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Antonio Fernández. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: La Razón

Para el rapero Rapsoda

El rapero neoyorquino Tupac Amaru Shakur, considerado uno de los mayores representantes de todos los tiempos en la historia del rap, murió el 7 de septiembre de 1996, tras recibir cuatro disparos, cuando viajaba en su auto en Las Vegas.

Su fatal desenlace fue la noche del 7 de septiembre de 1996, ocurrido tras una pelea en el hotel MGM Grand entre miembros de pandillas rivales y un tiroteo desde un Cadillac blanco terminó con su vida. La historia circuló inmediatamente y los sospechosos de la banda Crips huyeron sin problema alguno, lo cual pareció no importar a las autoridades, era un muerto más y un músico intrascendente. Treinta años es el tiempo que tardó el sistema judicial de Estados Unidos en emitir un veredicto de culpabilidad contra Duane Keffe D Davis, de 63 años, por orquestar el asesinato de Tupac. La reciente resolución del caso no representa una victoria del Estado de derecho; es, más bien, un recordatorio monumental de las fallas, la apatía y el desprecio con el que las autoridades estadounidenses han tratado la muerte de los íconos de color.

Como lo han señalado diversos expertos musicales, Shakur no era un rapero más. Su trayectoria musical trascendió el puro entretenimiento para convertirse en el pulso social de una generación. A través de una dualidad poética brutal, capaz de escribir un himno a las mujeres marginadas o una denuncia contra la pobreza, el racismo y la violencia policial, Tupac encarnó las contradicciones de la experiencia afroamericana, sin pensar que su propia muerte sería parte de su crítica al sistema judicial.

Sin embargo, su carrera estuvo marcada por los excesos, las pugnas territoriales entre sellos como Death Row y Bad Boy Records, y un estilo de vida tempestuoso que lo llevó a grabar tres discos cruciales a cambio de que le pagaran la fianza para salir de prisión en sus últimos meses de vida.

Durante años, la policía de Las Vegas archivó el caso tratándolo como una simple riña de pandilleros afroamericanos. A diferencia de las investigaciones desplegadas cuando las víctimas pertenecen a la élite blanca, el asesinato de Tupac sufrió la negligencia deliberada que aqueja a miles de jóvenes negros en ese país. El colmo de la ironía radica en la propia detención de Davis. El sistema no resolvió el crimen mediante un sofisticado trabajo detectivesco. Keffe D, único procesado en el caso, cayó por sus propias palabras, pasó años ufanándose en entrevistas de haber entregado el arma e instruido el ataque.

Aunque el veredicto de un jurado popular de Nevada pretende ofrecer un cierre formal, la sentencia definitiva, programada para dictarse antes del fin del año, llega demasiado tarde. El caso de Tupac Shakur deja la certeza de que el sistema judicial estadounidense no protegió la vida del artista cuando la violencia lo acechaba, ni buscó la verdad mientras las huellas estaban frescas. La justicia que tarda tres décadas no es justicia; es sólo un trámite tardío para saldar una deuda de indiferencia. La sentencia sólo trata de lavar la cara al sistema judicial, el cual reaccionó sólo por la dimensión que adquirió Tupac Shakur, quien, post mortem, se convirtió en un rapero de culto, del cual se han realizado homenajes musicales, libros, películas y toda clase de reportajes, y que en su historia aparezca una mancha de impunidad, la cual parecería que la sentencia la intenta cubrir. La historia la juzgará.

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