SOBRE LA MARCHA

Por el bien de todos, primero relojes, joyas…

Carlos Urdiales. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Carlos Urdiales. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

Aclaración básica; la austeridad republicana como mantra cuatroteísta, refiere al gasto del dinero nacional desde la gestión gubernamental. Ajá.

Pero fue el mandamás moral de la transformación de la vida pública, AMLO, quien esculpió con su perorata sinfín que la sencillez, casi franciscana, diferenciaba a los nuevos poderosos de los viejos y corruptos poderosos. Ajá.

¿Por qué la prensa crítica, que además se presta como base de datos para que la derecha digital, igualmente perversa, construya una mala, sesgada e injusta narrativa del desempeño de la 4T, se ceba contra funcionarios y parentelas ostentosas y ricas, en lugar de hablar de García Luna u opulentos panistas y priistas?

Otra aclaración básica; porque quienes hoy detentan el poder, las relaciones con aroma a negocios y complicidades, los autores de impericias ejecutivas y apetitos autoritarios son autoridad.

Porque los que aventaron al basurero de la memoria selectiva la palabrería de AMLO y sus 200 pesitos con un parcito de zapatos, son ellos y ellas, funcionarios, ministros, representantes populares, legisladores; una clase política que en el segundo piso de su épica transformadora se iguala a la de antes.

Sobran registros informativos que dan cuenta que también los de antes salían a aclarar, tras la odiosa exhibición de sus lujos materiales, que eran las señoras, las concubinas, las del dinero.

Que de ellas eran las casas blancas o grises, en las Lomas o en Houston, a precisar que en sus declaraciones patrimoniales había herencias, sucesiones de obras de arte, colecciones de autos antiguos, relojes y así.

Nunca nadie ha informado que lo presumido sea robado. Jamás un funcionario, de antes o de ahora, ha insinuado que sus legítimas y caras posesiones puedan tener su origen gracias a entornos privados de negocios favorecidos por relaciones políticas con entidades que les dan permisos, licencias o asignan contratos públicos multimillonarios. Nomás faltaba.

Tercera aclaración, simplista; es que la diferencia es que los de antes pagaban directo de la chequera del Senado, de la secretaría o de la paraestatal, sus gustos, el vuelo privado o de perdida en primera clase, el chef, los vinos o las compras.

¡Qué tiempos aquéllos del tupperware en oficinas de gobierno!, ¿no? Los bolsos o los zapatos de decenas de miles de pesos que permiten intuir la existencia de más de un par de ellos en sus armarios, y que ahora hacen lo mismo, pero con dinero propio. Les gusta lo bueno, lo fino, pero ya no lo cargan al erario. Ajá.

Poco probable, pero suponiendo sin conceder; ahora la transferencia de riqueza sucede desde negocios improbables, floreciendo dulcemente al amparo del poder, de su poder, de lazos de sangre que gestan nuevas clases adineradas, de redes de cargos repartidos desde la sala de un sencillo departamento en Copilco. Poco después ya desde Tokio, la Toscana o la Condesa.

Pagan tanto con lo suyo, ¿pero lo suyo florece como el patrimonio del pueblo? Sólo insultando la inteligencia popular intentan justificarse.

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