Gestionamos el silencio. Mientras el productor del evento inminente resuelve una falla en el dispositivo de traducción, la expectativa tras bambalinas es un shock eléctrico. Quienes repletan la Sala Miguel Covarrubias deben poder oír en español al invitado, traducido simultáneamente del francés. Callamos el escritor de ojos que dicen honduras, Rosa Beltrán y yo, cada quien en su mutismo. Agradezco la oportunidad de este encuentro a mi jefa, mi amiga. A las dos nos rige una certeza: la literatura calcina y regenera el espinazo, al mismo tiempo.
Llevo el apuntador en la oreja. TVUNAM me dará indicaciones para el programa en vivo y la señal para despedir la transmisión. Alguien comenta que llegaron seiscientas personas. Ignoro el ruido blanco. “No se te olvide respirar”, le repito a mi hija antes de un partido de futbol. Pues eso.
Durante más de tres meses leí o releí casi toda la obra del autor que protagoniza este acto de la Dirección de Literatura UNAM dentro del Festival Cultura UNAM, gracias a Anagrama, la Feria Internacional del Libro Monterrey, la Embajada de Francia. Su título más reciente, Koljós, asombra por la manera única de anudar hilos de una paleta inarmónica de colores y hebras de grosor diverso. A partir de elementos en apariencia incoherentes, el artesano entrega un paisaje textil de historias bien amarradas, sin aire entre costuras. Tejido y texto provienen del latín textere. Cuánto se parecen ambos oficios.

• El chofer de Pepín
También lo distingue su capacidad de articular la narrativa en torno a seres múltiples, turbulentos, acaso inverosímiles. Elige a un tipo que por dieciocho años engaña a su familia, fingiendo ser médico en la OMS; cuando está por revelarse la estafa, mata a hijos, esposa, padres, perro, e intenta suicidarse. O describe a su madre, rígida y vital, o se fija en su cuñada, que en la adolescencia padece cáncer y ya como jueza, junto a un colega superviviente del mismo mal, ampara a familias endeudadas hasta la angustia. En otros libros se fija en Pablo de Tarso, quien pasa de apedrear cristianos a desmesurarse en la fe, o en el narrador Philip K. Dick, paranoico, miserable, delirante, genial. Todos llevan ecos del novelista francés, porque al hablar de otros se exhibe a sí mismo. Y lo sabe.
En pocos minutos Rosa dirá: “Cada historia suya tiene capas y miradas contrapuestas, pero siempre la verdad es imprescindible… se trata de una voz dispuesta a decir todo”. Sí, él expone la úlcera viva. ¿Logra salir indemne de lo que escribe metiendo el cuerpo, el propio y el de su gente? No parece guardarse nada. Acepta el encontronazo de trenes entre pudor y exhibicionismo, con una frontalidad que raya en la agresión. Retomo versos de Claudia Masin: aquí, leer es “un acto salvaje, pleno, dulce y violento a la vez”.
Al fin arreglaron la diadema de traducción y me golpea una alegría insana. Voy a platicar con Emmanuel Carrère.

Otro domingo caótico

