Ha fallecido Cuauhtémoc Cárdenas, un verdadero defensor de la democracia; congruente y consistente en su discurso y la práctica política, junto con otros personajes de su tiempo, impulsó a finales de los 80 la apertura democrática al interior del PRI, entonces partido hegemónico en el poder.
Luchador en varias facetas de las causas de la sociedad, con visión plural, en defensa del interés nacional, de instituciones, creador de un movimiento político nacionalista, del PRD, con el que gobernó la Ciudad de México, con una plataforma de lanzamiento de varios políticos autodenominados de izquierda, provenientes del PRI.
Aunque logró el reconocimiento político de sus adversarios, abrió espacios internos en su movimiento que, con el paso del tiempo, con claras ambiciones, sería devorado por sus sucesores, y colocado en un pedestal que limitaría su desarrollo, organización y orientación para consolidar una dirección institucional partidaria, por encima de las tribus partidarias, hasta que fue arrollado por López Obrador y Morena, que renegaron de su legado democrático y avanzaron en la construcción de un régimen autoritario, con alto nivel de corrupción e impunidad, con vínculos anormales con la delincuencia organizada.
La falta de institucionalización del movimiento generado por el ingeniero Cárdenas y el arropamiento de intereses disímbolos por el poder, llevó a una tribu con sello obradorista, que usando un discurso de odio, prendió ante una oposición disminuida y un partido hegemónico anquilosado, sin capacidad de innovación en sus cuadros y formas de trabajo, y logró calar en la sociedad; tras varios intentos, desde el gobierno de la capital del país lograron el premio mayor de la presidencia.
El obradorismo en el poder no logró sustituir y borrar el legado de Cárdenas, culpó a un pasado incierto de todos los males y a partir de ahí, impulsó un desmantelamiento institucional que socavó el Estado de derecho, que ha dañado la vida cotidiana de muchos ciudadanos; la pax narca encontró refugio y complicidad en sus autoridades, afectando una política socioeconómica de fondo, en materia de salud, educación y empleo, y colocando la inseguridad y la injusticia como elementos constantes de contubernio, complicidad y control para los procesos electorales y gobiernos en turno, instaurando la delincuencia, la criminalidad y la violencia como una patente de corso, quienes para recuperar sus inversiones, desplegaron un amplio portafolio delictivo, plagado de extorsiones, homicidios, desapariciones, feminicidios, fraudes, derecho de piso, controles de obras, inseguridad, corrupción e impunidad.
Ante una oposición partidaria pasmada y una sociedad desconcertada, con amenazas mediáticas y narrativas falsas, junto al despliegue de recursos económicos disfrazados de beneficios a grupos débiles de la sociedad, los gobiernos obradoristas crecieron territorialmente. Cambiaron los rostros de varias instituciones y el gobierno asumió, desvirtuando, el control de lo que la sociedad y la oposición habían creado como organismos autónomos y de defensa de libertades y derechos.
Hoy, los sepultureros de instituciones y la democracia, la clase política en el poder, están expuestos y señalados, ejemplar resulta la tragicomedia, delictiva y frívola, que envuelve al INE.