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Carlos Urdiales

Alerta sísmica

SOBRE LA MARCHA

Carlos Urdiales
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Lozoya comenzó a cantar. El Presidente López Obrador presume que las delaciones de Emilio Lozoya harán de cualquier serie de Netflix un cuento de hadas fresa. Comenzaron las revelaciones desde diarios y columnas antagonistas de la 4T.

La estela del dinero apunta hacia exsenadores priistas, como David Penchyna, al excandidato del PAN Ricardo Anaya; a cajas fuertes y a entregas millonarias en pastelerías fifís.

A una vasta red de involucrados, a través de quienes la perversa constructora brasileña Odebrecht financió la campaña de Enrique Peña Nieto en 2012; fondeó sobornos para que panistas y perredistas firmaran con el PRI el Pacto por México.

López Obrador se deleita con la información que se desparrama dándole la razón; la reforma energética y otras fueron compradas, maiceadas y centaveadas. Oficialmente Lozoya está detenido en el Hospital Ángeles del Pedregal curándose en salud. Extraoficialmente, el senador Ricardo Monreal atinó al advertir que el caso Lozoya sería un terremoto, implosión nuclear que amenaza, si no con cárcel para todos, al menos con colapsos nerviosos para muchísimos.

A lo mejor las palomitas le saben neoliberales al Presidente, pero tlayuda en mano desde Oaxaca, el mandatario se olvida de pandemia, cubrebocas, semáforos y renuncias; desde la hamaca saborea esta serie de “PRIAN, casos de la vida real”.

Lozoya comenzó a soltar la sopa y desde el PAN exigen pruebas, desde el PRI guardan silencio y hacen maletas; desde las ruinas del PRD y algunos tránsfugas morenos, se secan el sudor de frente y manos.

El baile de nombres y apellidos, pesos y centavos ya suena. Con sonrisas y aplausos, el Presidente quiere más, qué importa de dónde broten los trascendidos mientras salpiquen; el expediente Lozoya le viene como anillo al dedo para las elecciones del próximo año.

Por cierto. Nos hacen llegar una tabla comparativa en la forma (y fondo) en que el caso Emilio Lozoya y la historia de Rosario Robles (ambos personajes relevantes del peñismo) exhiben. Rosario Robles se presentó de manera voluntaria ante la autoridad acusada de delitos que no ameritaban prisión preventiva. Emilio Lozoya huyó del país, el Gobierno emitió una ficha roja para que la interpol lo buscara por el mundo. Lo detuvieron en Málaga, España, y lo extraditaron.

A Rosario Robles un juez (Delgadillo Padierna), familiar de un grupo confrontado abiertamente con la exlíder perredista representado por René Bejarano y la diputada Dolores Padierna, determinó de manera sorpresiva el encarcelamiento de Robles desde hace 11 meses en el penal femenil de Santa Martha Acatitla. A Emilio Lozoya la FGR lo recluyó de inmediato y sin pisar un juzgado en una suite de un hospital privado para ser atendido de males que las autoridades españolas responsables de su custodia desconocían.

Robles Berlanga está acusada de ejercicio indebido del servicio público por omisión; delito no grave que aún no ha sido comprobado por el Ministerio Público. Al exdirector de Pemex lo acusan de delincuencia, cohecho y operaciones con recursos de procedencia ilícita, delitos que ameritan prisión preventiva oficiosa. A Lozoya pretenden, a través del criterio de oportunidad, quitarle cargos y acusarlo sólo de cohecho, que no ameritaría pisar una celda. A Robles, el sobrino de Bejarano y Padierna reclasifica la acusación original e incluye la agravante “delito continuado”.

La malévola opción de impartir justicia a secas o conceder justicia y gracia a los amigos cobra forma, nos dicen. Robles ha solicitado sin éxito en tres ocasiones el cambio de la medida cautelar para continuar con su proceso en libertad con las restricciones que el juzgador considere necesarias. Para cuidar la privacidad y bienestar de Lozoya la FGR montó un operativo distractor con camionetas y patrullas que salieron del aeropuerto hacia el Reclusorio Norte, mientras el extraditado llegó vía aérea al centro médico privado donde permanece. Y permanecerá.

Uno pasó de acusado evadido a potencial verdugo, la otra pasó de ser una persona señalada que atendió un citatorio, a incómoda figura y blanco de una evidente venganza política. Rosario Robles nunca ha solicitado ni le han ofrecido acogerse al criterio de oportunidad y ser testigo colaborador; como testigo colaborador (extraoficialmente) se la ha dado un trato deferente e impunidad a su familia.