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Morir en casa

DESDE LAS CLOACAS

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Don Pedro se sintió mal por la mañana, sus hijos dudaron en llevarlo a un hospital por el miedo a que se contagiara de Covid-19. Desde el hospital público y vía telefónica, el médico que lo ha atendido durante años apoyó la determinación “quédese en casa, no venga” le recomendó y le recetó un par de medicamentos.

De 65 años y diabético, el padre de familia estuvo de acuerdo con el médico y con sus hijos, pero prefirió combatir sus achaques con remedios caseros, por eso envió a un par de ellos a buscar a un yerbero que trabaja cerca de su casa.

Los dos hijos salieron al mediodía, vieron al padre entero y lo dejaron en el patio, lúcido y en compañía de cuatro de sus nietos —menores de edad— quienes se comprometieron que avisarían por teléfono si algo pasaba con el abuelo Pedro.

Unas horas después, al regresar a su casa y abrir la puerta de la entrada, el padre agonizaba tirado en el patio, uno de ellos lo cargó en sus brazos y lo metió al automóvil, fueron al hospital al que se habían negado a ir en la mañana, esto en la colonia Vicente Guerrero de Iztapalapa, pero era demasiado tarde. Antes de llegar, don Pedro ya había fallecido de un infarto.

Elías es otra historia. A inicios de diciembre pasado tuvo un ataque y la mitad de su cuerpo quedó paralizado, un médico que acudió hasta su casa determinó que debían realizarle estudios, pues algo andaba mal. Su familia dudó en llevarlo a un hospital por miedo a un contagio de coronavirus, Elías es adulto mayor.

Tras un par de estudios en instituciones privadas, a principios de enero, un neuro-oncólogo les dio la mala noticia de que un tumor maligno, alojado en la corteza cerebral del paciente, era la causa de sus malestares. “Es grave” determinó el especialista.

Sus hijos y su esposa han buscado desde entonces atención para él en instituciones públicas de la Ciudad de México, pero hasta el Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía representa un riesgo, pues también se están atendiendo ahí pacientes con Covid-19. Las citas y los estudios para determinar si es candidato para una cirugía tardarán al menos un par de meses, mientras tanto Elías se está consumiendo entre dolores insoportables.

Éstas son sólo dos historias que han llegado hasta mí, de personas que están muriendo en sus casas ante la falta de camas de hospital para atender a pacientes con otro tipo de enfermedades NO COVID y que pudieron salvar la vida.

Pacientes y sus familias, enfrentando a un sistema de salud en el que, no nos engañemos, desde antes de la pandemia le hacía falta todo. También encarando a autoridades que se han visto rebasadas por la epidemia, pero además y hay que decirlo con todas sus letras, a una sociedad que en plena contingencia sanitaria ha sido de lo más irresponsable y que no dejó de salir por diversión, por vacaciones, por fiestas o por reuniones.

Gente que siguió en los tianguis, que siguió yendo a los centros comerciales a comprar, a comerse un helado o simplemente al supermercado en familia. De seguir así, no habrá camas de hospital que alcancen y estaremos destinados a morir —en el mejor de los casos— en el patio de nuestras casas.