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Señuelos en el caso Lozoya

Desde las cloacas

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El reloj marcaba las 3 de la mañana con 58 minutos del pasado 17 de julio, la puerta del hangar de la Fiscalía General de la República se abrió y de ahí salió un convoy de dos motocicletas, un automóvil y siete camionetas, iban al Reclusorio Norte.

Acompañada por decenas de periodistas que narraban el traslado, la caravana tomó Circuito Interior hasta llegar a La Raza e incorporarse a Calzada Vallejo. En total y a esa hora de la madrugada, el recorrido se hizo en apenas 27 minutos. A las 04:25 llegó a su destino.

Sobre la avenida Jaime Nunó y antes de ingresar a la aduana, el convoy se detuvo. Ya no eran siete camionetas sino sólo cuatro las que llegaron hasta este punto. El vehículo que estaba en la vanguardia se detuvo con la intención de que más de 50 reporteros, camarógrafos y fotógrafos captaran la imagen parcial de un hombre que portaba chaleco antibalas gris, gorra y cubrebocas.

Llevaba las manos esposadas al frente y en todo momento mantuvo la cabeza agachada. La camioneta blanca permaneció 12 minutos detenida.

En las transmisiones televisivas se apreciaba que el contingente de reporteros no permitía el avance de la unidad, pero en la realidad, quienes estuvieron en el lugar cuentan que los agentes de la Agencia de Investigación Criminal no movieron ni un centímetro el vehículo.

Con ademanes falsos, el conductor pedía que le abrieran paso, primero con las manos, después con el claxon. Finalmente, un agente de los que viajaban en motocicleta acompañando la caravana desde el aeropuerto despejó el camino. “Ya se les dio permiso”, gritaba a los periodistas para que se quitaran del paso.

Casi 20 minutos después de haber llegado a la entrada del Reclusorio Norte, el convoy ingresó por la aduana. El reloj marcaba las 4:43 de la madrugada.

Todo esto que les platico, bien parece el guion de una película, pero en realidad se trató de un montaje que hizo creer a los medios de comunicación que el exdirector de Petróleos Mexicanos había sido trasladado a un reclusorio donde enfrentaría una primera audiencia por delitos de lavado de dinero, cohecho y asociación delictuosa.

Mientras todo esto pasaba, Emilio Lozoya se encontraba en un hospital atendiéndose una anemia. Afuera del Reclusorio Norte, entre los reporteros reinaba el desconcierto, habían sido engañados por las autoridades.

Si bien las únicas comunicaciones oficiales de la Fiscalía fueron cuando se envió un avión a España por el exfuncionario público y luego el viernes por la mañana, para informar que ya estaba en un hospital, la realidad es que hicieron creer a la opinión pública un hecho que al final nunca ocurrió. Y a todo esto, ¿quién es el supuesto criminal que fue ingresado esa noche?

Las hipótesis son muchas, demasiado sospechosismo...