Martes 20.10.2020 - 18:18

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Guillermo Hurtado

Arenas de Arabia

TEATRO DE SOMBRAS

Guillermo Hurtado
Guillermo Hurtado
Por:

Sir Wilfred Thesiger fue el último gran explorador inglés de la Península arábiga. Su libro Arabian Sands, publicado en 1959, narra sus viajes por la zona más inhóspita del desierto de Arabia entre 1945 y 1950. Esta área, conocida como “el territorio vacío”, era considerada como la última frontera para los occidentales. Thesiger la cruzó a lomo de camello en dos ocasiones, poniendo su vida en peligro, no sólo por los rigores del desierto, sino por las tensiones con las autoridades locales, que no veían con buenos ojos que un cristiano penetrara sus dominios. La Arabia descrita por Thesiger ya no existe. Dubái, que era un puerto venido a menos, ahora es una de las ciudades más boyantes del mundo. El petróleo lo cambió todo. Los nómadas se convirtieron en millonarios.

Supe de Thesiger, un mito viviente en la Inglaterra de finales del siglo XX, porque mi querido amigo Alan Roth, me contó que el explorador había estudiado, como nosotros dos, en el Magdalen College de Oxford. No puede negarse la admirable tradición inglesa de viajar a los lugares más remotos del mundo. Los picos más altos, las cavernas más hondas, los desiertos más calientes fueron destinos elegidos por varias decenas de hombres y mujeres poseídos por el espíritu de la aventura. ¿Qué buscaban esos ingleses en sitios tan lejanos? ¿Escapar de la realidad de su apacible isla? Si mal no recuerdo, T. E. Lawrence afirmaba que lo que le gustaba del desierto era que no había lugar más limpio. Esta búsqueda de pureza parece una constante en los exploradores ingleses. Casi podría decirse que lo que pretendían en esas montañas escarpadas, en esos desiertos desolados, en esas tundras heladas, era limpiar una mancha que habían adquirido en su tierra natal.

Thesiger cuenta una historia que se me quedó grabada cuando leí su libro hace más de treinta años. En un campamento en una zona alejada, un hombre andrajoso se acerca a las tiendas. Cuando los beduinos lo reconocen, de inmediato lo reciben con grandes fiestas. Enciendan la fogata, le sirven café, lo colocan en la mejor tienda. ¿Quién es este pordiosero que es bienvenido con tanta admiración y cariño? “Es el famoso Bait Imani”. Thesiger pregunta a qué se debe esa fama. La respuesta lo deja asombrado. “Bait Imani es famoso por su generosidad”. ¿Cómo podía ser generoso un hombre que no tenía en qué caerse muerto? “Ahora no tiene nada, no tiene camellos, ni siquiera una esposa, pero antes fue uno de los hombres más ricos de la tribu.” ¿Qué pasó con su fortuna? ¿Se la robaron? “¡Qué va! Su generosidad lo llevó a la ruina. Cada vez que alguien lo visitaba mandaba matar un camello para agasajarlo. ¡Qué generosidad tan admirable!”

La anécdota nos da cuenta de una cultura muy diferente a la nuestra, adoradora del dinero, de los bienes materiales, del confort. Un hombre como Bait Imani sería, entre nosotros, un loco, un insensato, un imbécil. Entre los beduinos era, sin embargo, un hombre respetado, envidiado, sobresaliente.

Cuando decidimos ser generosos lo hacemos casi siempre con un esquema de máximos y mínimos en la mente. Si alguien se sale de esas reglas tácitas, lo reprendemos. Conocí a una persona que cuando no encontraba monedas que ofrecer a quienes le limpiaban el vidrio del auto, les daba el primer billete que encontraba en su bolsa, sin importar la denominación. A ella le parecía peor no dar nada que quedarse sin efectivo por el resto del día. “¡Cómo se ve que no sabes lo que es ganar el dinero!”, le dije un día. Pero, de inmediato, me arrepentí, porque recordé la anécdota que había leído en el libro de Thesiger años atrás. La verdadera caridad se hace desde el corazón, no desde la cabeza. Así es la resplandeciente caridad de los pobres. Cuando alguien que sólo tiene un pan que comer, lo comparte con otra persona, no actúa siguiendo una racionalidad práctica, sino una racionalidad que podríamos llamar cordial, es decir, que procede del corazón. Desprenderse de lo que nos sobra para compartirlo con quien lo necesita es un acto noble, pero desprenderse de lo que necesitamos para compartirlo con otros en nuestra misma condición es un acto sublime.